Manuel Terán

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Los enemigos de la democracia, que manipularon y retorcieron sus conceptos hasta despojarla totalmente de contenido, fueron verbalmente hábiles para endilgar a un gran segmento de la ciudadanía la idea que lo “institucional” era un mero formato, que se agotaba en ejecutar sus dictados con los que hacían y disponían a su antojo los cuales, pese a que eran negociados en la trastienda, una vez que de forma ilegítima salían impresos en papel oficial, se convertían en verdad absoluta, de mandato obligatorio para el resto de los mortales. Así se llenaron la boca al decir que fueron los que mayormente ganaron elecciones y que debía respetarse la voluntad popular. Pero claro, aquello lo lograron manipulando la información a través de medios públicos a su servicio, utilizando los recursos del erario público para hacer una campaña impune en que las autoridades de control, designadas por ellos, miraban hacia otro lado para dejar pasar tanto improperio. En los hechos, en vez de fortalecerla, vaciaron a la institucionalidad. Su sola presencia al frente de determinados organismos ha sido y es una verdadera afrenta; y, en forma contraria a sus palabras, su permanencia en esos cargos son un óbice para la reinstitucionalización y para dotar de credibilidad y confianza a los estamentos oficiales.

Cuando en sus peroratas defendiendo sus privilegios o sus cargos “regalados”, según lo espetó alguno de los personajes imbuidos en esa trama escabrosa de dimes y diretes, mencionan que se mantendrán en sus puestos para evitar poner en peligro la institucionalidad; es difícil contenerse para evitar pasar de la risa al llanto. ¿Son ellos los cancerberos de lo institucional? ¿Han sido un ejemplo en resolver los asuntos de Estado desde una posición ética e intachable? ¿Han sido ajenos a esa manipulación impune de la que antes sospechábamos pero que ahora conocemos a cabalidad, a cuenta de sus diferencias públicas, por la que inocentes han ido a parar a la cárcel o se han quedado sin empleo por garantizar el ego del sátrapa de turno? ¿Merecen ellos la credibilidad pública?

Su sola presencia es la real amenaza a lo institucional. El riesgo mayúsculo es que sigan en sus cargos realizando esas prácticas protervas de enervarlo todo, con el único fin de salir indemnes cuando la sociedad les está ajustando cuentas. Es aún mayor el daño que pueden hacer cuando la ciudadanía advierta que no hay el menor empeño de corregir estos desafueros y considere, sin beneficio de inventario, que todos son iguales y no haga las diferencias esenciales entre los que proceden de manera correcta y los que lo hacen de forma reñida con la ética. En ese momento el hastío nos conducirá a un camino inescrutable.

El futuro del país estará comprometido si no existen verdaderas instituciones fundamentadas en la doctrina, conductas, normas y códigos que sean conducidas por hombres o mujeres sobre los que no recaiga la menor duda acerca de su honorabilidad e independencia. En cuanto a los protagonistas actuales, un paso al costado sería lo mínimo de esperar si aún habría un resto de decencia.