Milton Luna

Teoría de la estupidez

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Tras el concepto de “calentamiento de las calles” se esconde una visión elitista, mecánica y conservadora de la realidad, que la comparten diversos sectores de las derechas e izquierdas y, sobre todo, los populismos. Esta visión ubica a un lado a los iluminados, que piensan, y al otro, a los “manipulados”, los sin conciencia, que obedecen. Entre ellos hay una relación vertical y lineal a favor de los primeros.

Entonces, para esta versión, la movilización o la protesta social pueden ser programadas y planificadas por los “jefes” en cuatro paredes. Allí se emite una orden, transmitida por operadores políticos, a una masa que automáticamente se moviliza y “calienta” las calles.

En esta concepción autoritaria, los movilizados son una masa sin pensamiento, sin sentimientos ni intereses. Son autómatas que reciben órdenes. Así, se configura la teoría de la estupidez de la “multitud”.

Sin embargo, “la multitud”, al contrario de estas comprensiones, es un contingente, de hombres y mujeres, dinámico e inteligente, que ante el cierre de canales democráticos de comunicación, toma las calles, las redes, los espacios públicos, para manifestar sus inconformidades, dolores, frustraciones e ideales.

La “poblada” puede expresarse de diversas maneras, racionales e irracionales, y puede adoptar los diversos rostros de la variedad de sectores que le constituyen. Aparece con fuerza, pero cumplida su misión, se esfuma. La multitud se moviliza con o sin dirigentes. Muchas veces los rebasa, como en el 2005 en el movimiento forajido, o como en estas últimas semanas en Quito y otras ciudades.

La teoría de la estupidez no comprende la complejidad de las relaciones sociales. No descubre la interacción, lealtades, seducciones, desencantos y divorcios que se dan entre grupos sociales y entre el grupo sus dirigentes. La teoría de la estupidez considera que delante no tiene a nadie, por lo que continúa con la estrategia de la negación del otro, de la confrontación permanente y de la conspiración (golpe “blando” o “duro”) como cortina de humo: “cuatro pelagatos”, “manipulados”, “tira piedras”, “borrachos”, “mala fe”, “mentirosos”, “golpistas”.

La agresiva e imparable deslegitimación y ofensa son tomadas por la multitud como una provocación que le alimenta. El número de los inconformes crece junto a su rechazo y repudio al poder. Pero de esto, consciente o inconscientemente, el poder no se da cuenta. Los llamados al diálogo, descalificando a los disidentes, refuerzan el viejo monólogo.

La estrategia de la confrontación de ayer, utilizada exitosamente por el poder, hoy conduce a que peligrosamente escale el conflicto hacia la violencia.

La sociedad movilizada debe escapar de la provocación, autoconvocarse, fortalecerse, para proponer soluciones y liderazgos, mientras llega el 2017.