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Se encuentran en Quito, desde hace algunas semanas, ejemplares de la hermosa edición del Diccionario de la lengua española. En su presentación, nutrida, grata, se lo llamó ‘mamotreto’. ¿Puede atribuirse este nombre al diccionario, sin afán de denostarlo? Vayamos a sus significados. Mamotreto proviene del latín tardío mammothreptus y este del griego; su significado literal es ‘criado por su abuela’; de ahí, gordinflón, abultado, por la creencia popular de que las abuelas crían niños gordos. El diccionario de Corominas lo incluye en el artículo del lema ‘mama’ y refiere que se encuentran ya sus sentidos en manuscritos del siglo XII, hace novecientos años. He aquí sus tres acepciones: 1. armatoste (objeto grande). 2. coloq. Libro o legajo muy abultado, principalmente cuando es irregular y deforme. 3. desus. Libro o cuaderno en que se apuntan las cosas que se han de tener presentes para ordenarlas después.

El primer sentido de mamotreto perdura aún; el segundo, coloquial, contiene un leve matiz de burla; el tercero, aunque desusado, parece definir a nuestro Diccionario: “libro grande en que se apuntan las cosas que se han de tener presentes para ordenarlas después”. ¿Qué otra cosa resulta ser el nuevo tesauro, o qué otra misión puede cumplir la larga lista de palabras y significados en él inscrita, sino la de preservar y definir los vocablos para que los hablantes los dispongamos en el orden que exige el contexto, a fin de tratar de que digan lo que queremos que digan, para entendernos y que nos entiendan?

La edición tricentenaria del Diccionario trae páginas sembradas de semillas nuevas, cuya implantación se ha dado al margen de nosotros. De algún modo, se refleja en ello la consecuencia de ese como mandato indirecto, orgulloso y vehemente, que pronunció don Miguel de Unamuno cuando espetó a quienes pudieran oírlo: ‘que inventen ellos’. Y ‘ellos’ inventaron. Huellas nada deleznables de nuestra deuda por los inventos de los demás se encuentran en nuestro diccionario: hemos de aceptar en herencia, palabras impuestas, ya que con la invención que nos llega desde lejos, vinieron las palabras que nombran el universo científico-técnico que hoy rige nuestras vidas; de no aceptarlas, quedaremos al margen de las exigencias de la globalización. Al mestizaje de la lengua no concurren solamente vocablos de otros antiguos idiomas o, en América, las lenguas de nuestros aborígenes, sino los términos que la ciencia y la tecnología imponen, hasta que los avances y conquistas a que llegaremos un día logren dar al traste con los complejos secretos que generaron el tópico en que se convirtió el desliz unamuniano.

Encontramos en el diccionario, tuit, tuitear; empoderar, con nueva acepción; chat, chatear; no, chateador; boutade, pizza, en cursiva, pues conservan su ortografía original, y una acepción de ‘género’ que trasciende lo gramatical: “Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural, en lugar de exclusivamente biológico”. Esto y más. ¡No podemos prescindir de este tesoro!