Pablo Cuvi

El magnicidio que sí fue

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A Rafael Correa le encanta identificarse con Eloy Alfaro y su trágico final. Pero la semana pasada, como seguía en el aire el cuento del 30-S forjado por su gobierno para justificar los muertos del hospital, decidí abordar aquí otro célebre magnicidio que fue llevado al teatro por alguien un poco más dotado que los Baca, los Alvarado, los Alexis y otros guionistas de esa oscura mentira. Me refiero a William Shakespeare, cuya tragedia ‘Julio César’ me mandaron a leer en el colegio. (Desde entonces llevo grabada en la memoria la advertencia que le hace el adivino a Julio César: ‘Beware the Ides of March’. Es decir, cuídate del 15 de marzo, fecha que tenía un significado religioso).

Luego de relatar el asesinato del César en el Senado, me preguntaba ingenuamente si, dadas sus hazañas, Correa podía ser visto como el Julio César del siglo XXI. Y respondía: “Solo desde arriba porque el romano también era calvo y de buena estatura, pero además era un orador y escritor de primera, un ladrón de fondos públicos y un genio militar que conquistó las Galias, invadió Britania y Egipto y se convirtió en un dictador que destruyó el sistema republicano de Roma”.

En busca de datos adicionales sobre su notable tarea administrativa, volví a leer con deleite la biografía de Suetonio, quien anota que el divino Julio era epiléptico y bisexual, aficionado a los muchachos y a las señoras casadas, toro de todas la vacas y vaca de todos los toros en el lenguaje crudo de sus legionarios. O sea, un personaje fascinante que sentó las bases del imperio y encandiló para siempre a Occidente. Pero el jueves que me senté a pulir el artículo me pareció de lo más rebuscado citar a Shakespeare y Suetonio para más de ubicar en su minúsculo lugar a Rafael y su corte de delatores. Preferí hablar de un escritor honesto y revolucionario de verdad, el nicaragüense Sergio Ramírez.

¡Cuál no sería mi sorpresa al escuchar el viernes que José Serrano iniciaba su defensa en la Asamblea con la historia del final de Julio César, identificándose con la situación! ¡Ave, Pepe, los que te van a matar te saludan! Pero Pepe tropezaba tanto en la lectura que era evidente que el discurso se lo había escrito algún poeta morlaco que metió en el mismo saco a Julio César con su frase “¿tú también, Bruto?” junto al secuestro de Febres Cordero en Taura y García Moreno y don Eloy y Velasco Ibarra, precursores todos de este protector de la Patria que iba a ser sacrificado al pie del mural de Guayasamín.

¿Qué pensé? ¡Pues que me había salvado por un pelo del ridículo de asomar pocas horas después narrando aquí la misma historia! Nadie hubiera creído que se trataba de una coincidencia inaudita. Pero eso fue. Y tampoco fue la única en este enredo delincuencial pues en las antípodas de los pícaros se yergue un anciano honrado y venerable llamado, él sí, Julio César, que encabeza la tarea de limpiar el país… si no interfiere la señora Cabezas, pana de Correa y Jorge Glas.