Monseñor Julio Parrilla

Los mafiosos no van a misa

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20 de julio de 2014 00:05

Días atrás, el papa Francisco excomulgó en Calabria a la mafia. Sus palabras fueron claras y directas: “La Ndrangueta es la adoración del mal, el desprecio del bien común. Hay que combatirla, alejarla. Nos lo piden nuestros hijos, nuestros jóvenes.

La Iglesia tiene que ayudar. Los mafiosos no están en comunión con Dios. Están excomulgados”. También en este frente Francisco ha demostrado gran valentía. Por primera vez el Papa ha participado en la ceremonia anual en memoria de las víctimas de la mafia y lo ha hecho junto al padre Luigi Ciotti, un sacerdote que ha dedicado su vida contra el crimen organizado.

La reacción de los presos de la cárcel de Larino fue la de no asistir más a la misa. Me he preguntado sobre el significado de semejante medida de hecho. Es evidente que la participación en la misa dominical no suponía en la vida de los presos mafiosos un cambio de virtudes y lealtades. En el caso de la
excomunión, ¿qué puede suponer semejante condena espiritual?
Al escucharle, muchos pensaron que la postura del Papa era inútil, frente a una organización mafiosa a la que la honestidad y las demás virtudes, incluido el respeto a la vida, le importan bien poco. Pero no ha sido así.

Más bien la iniciativa del Papa aclara unas cuantas cosas.

La huelga de misas tiene su propio significado, y hay que buscarlo de la mano del propio Papa. Al tiempo que excomulgaba a los mafiosos, Francisco visitaba la cárcel de Castrovillari y decía a los presos: “También yo me equivoco, también yo necesito perdón”. Ahí está su fuerza. El Papa no excomulga a los presos, sino a quienes sostienen, manipulan y dirigen una organización criminal capaz de supeditar la vida humana, incluso de niños, a sus propios intereses. La excomunión es para la práctica mafiosa.

Los presos no protestan contra una Iglesia que les haya abandonado. De hecho, el Papa ahí está, cercano y presente, manifestando el consuelo del Evangelio y anunciando la verdad.

Más bien la huelga de los presos es un guiño a la propia Mafia, una declaración de obediencia a la organización. Frente a la fuerza del clan, ¿habrá alguien capaz de arrepentirse públicamente? La fidelidad no es al Señor Jesús, sino al despiadado capo que puede abrir en canal a los hijos... Ojalá que la sociedad italiana, toda ella, sea algún día capaz de excomulgar civilmente semejante aberración. Francisco, una vez más, puso en claro el valor de las lealtades y se ubicó del lado del derecho, de la justicia, de la vida del compromiso a favor de la verdad.

En este mundo nuestro, manchado por la codicia, quedan todavía no pocos espacios en los que el mal y el pecado prevalecen con su enorme fuerza. Lo cierto es que hay que seguir luchando. Una vez más, gracias,
Francisco.