Monseñor Julio Parrilla

La madre de todas las palabras

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Cuando vi cómo explotaba la madre de todas las bombas, comprendí que saltaban por los aires no pocos de mis sueños. Por un momento quedó claro que seguimos anclados en el uso y abuso de la fuerza, metidos hasta el cuello en una dialéctica de muerte, destrucción y enfrentamiento que nos reduce una vez más a ser lobos para los demás hombres.

Pero, una vez más, a la luz de tantas e inacabables guerras, tendríamos que preguntarnos si realmente la destrucción del enemigo garantizará que los hijos crezcan y vivan en paz. El plutócrata puro y duro ha llegado al gobierno de la primera potencia mundial a caballo del dinero blanco y de clase media, convencido de que EE.UU. es el nuevo pueblo elegido, capaz de decirle a cada uno lo que tiene que pensar, decir o hacer. Poco a poco, el mundo se va llenando de populismos salvajes que, en nombre de la revolución de turno o de los intereses de clase, llegan a olvidarse de los males que generan.

Dicen que el gobierno de Kim cuenta con cuatro tipos de misiles y más de un millón de soldaditos de plomo perfectamente alineados. Para hacer daño no se necesita tanto… El 15 de abril, vísperas de Pascua, en Rashidin, al oeste de Alepo, 126 evacuados sirios fueron asesinados en un atentado suicida, en el ataque más mortífero de los seis años de guerra.

¿Y los ataques con gas en los campos de refugiados? ¿Y los asesinatos de Londres u Oslo? La madre de todas las bombas no es solo la más potente. Es un signo, quizá el más poderoso, aunque no el más eficaz, de una espiral de muerte que nos tiene secuestrados.

Oyendo el mensaje del Papa Francisco con motivo del Vía Crucis, el rostro de Trump se volvía cada vez más sombrío y alejado del Dios del evangelio. El enfrentamiento entre el hijo del capitalismo salvaje y el Papa de los descartados se hace inevitable. Trump tiene la fuerza del poder. El Papa, la fuerza de la debilidad. Pero es Francisco quien tiene la autoridad moral en medio del pueblo para decir una palabra verdadera, la madre de todas las palabras.

La mayor tragedia es que Trump y los demás actores del sainete estén siendo una caricatura deforme de nosotros mismos. La verdad oculta de tantos patriotismos y soberanías también nos ayuda a caer en la cuenta de que el amor a la patria es, en infinidad de ocasiones, uno de los amores más interesados y menos limpios.

El dulce poeta romano Virgilio, en el libro VI de la Eneida, lo dijo claramente: “Otros pueblos podrán hacer mejores monumentos de bronce, pero tú, romano, recuerda que lo tuyo es dominar el mundo”.

A la luz de la Pascua conviene recordar la vida de los pobres, sus esperanzas y sus derechos, seguir gritando a los cuatro vientos los postulados de la no violencia y decirle a los poderosos del mundo que la razón está del lado de la paz y de la palabra.