Óscar Vela Descalzo

Entre Macondo y Comala

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En este lado del planeta, el realismo mágico no se acaba nunca. A pesar de los esfuerzos que se ha hecho por borrar este concepto, en especial en el ámbito literario, no ha sido posible hacerlo, pues forma parte de nuestra esencia, de nuestra integridad.

Desde la aislada Comala de Rulfo hasta el impredecible Macondo de García Márquez, han transcurrido varios decenios y una incalculable cantidad de episodios que confirman esta característica tan propia de estos parajes. Visto desde el lado poético algunas cosas pueden parecer efectivamente fantásticas, insólitas e incluso divertidas, pero otras solo sirven para mostrar al resto del planeta nuestro lado más triste.

La política latinoamericana, por ejemplo, es uno de los temas bochornosos que tenemos para exhibir ante el resto. Dejando de lado la historia independentista que copó en su gran mayoría el siglo XIX, y pasando por alto también el conflictivo siglo XX, en este nuevo milenio retomamos otra vez un penoso protagonismo por medio de los gobiernos identificados con la nueva e insustancial teoría del socialismo del siglo XXI, algo que no ha terminado de ser más que un club de amiguetes sin ideología definida que se dedicaron a organizar unas farras pantagruélicas y a desempolvar viejas consignas revolucionarias.

Este club se ha sostenido en el tiempo gracias al apoyo de distintas comparsas de saltimbanquis que hacen las delicias del público en tarimas, balcones y fiestas populares, y también, por supuesto, gracias al generoso y abundante aporte de los correspondientes erarios nacionales. Sus miembros son los que ofrecen al mundo de hoy las mejores muestras de que el realismo mágico aún sigue vivo. Así, por ejemplo, hemos sido testigos de la delirante historia en la que un muerto se convirtió en un pájaro azul parlante y gobernante, o la del tuerto que se transformó en ídolo de bronce para la adoración eterna de su club, o la de unos cuantos vivos que destaparon su caja de magia y multiplicaron sus fortunas personales mientras con su varita mágica desaparecían el dinero de las arcas estatales.

Hemos sido testigos también de los actos de ilusionismo más grandiosos del mundo, como por ejemplo aquel en el que se esfumaron de la noche a la mañana millones de barriles de petróleo, millones de rollos de papel higiénico o decenas de millones de litros de leche y víveres de la canasta básica, y de igual forma aparecieron un día los supermercados vacíos, desiertos e inmaculados; o aquel acto de prestidigitación en el que un monigote de cartón que representaba un borrego se convirtió ante los ojos atónitos de todos en un arma de destrucción masiva; o aquella ocasión en que un aplauso, un simple aplauso, se transformó súbitamente en un atroz e injustificable delito; o aquel truco escenográfico en el que un fiscal incómodo y avezado, se cambió en el escenario, delante del asombrado público, en un perverso y eficaz suicida.
Y es que el realismo mágico no se acaba nunca.

ovela@elcomercio.org