Fernando Larenas

El macho turco

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Ozgecan Aslan era una joven de familia humilde, tenía 20 años, estudiaba psicología. De pronto su caso se convirtió en el símbolo de la sociedad turca por la forma infame en que fue asesinada por un chofer de bus.

Aslan se resistió a ser violada. Luego del crimen, el chofer -ayudado por su padre- mutiló las manos de la estudiante para dificultar su identificación.
 El viceprimer ministro turco, Bülent Arinç, sugirió que las mujeres no deberían reír en público ni mostrar actitudes provocativas para preservar su castidad; y finalmente, el presidente Recep Tayyip Erdogan, nuestro más reciente e ilustre visitante, manifestó que a las mujeres no se las puede tratar igual que a los hombres.


Sin embargo, su premisa se fue al tacho de la basura en muy pocos minutos cuando su numeroso y bien entrenado equipo de seguridad agredió brutalmente a tres activistas ecuatorianas que interrumpieron su discurso al grito de “asesino”, en alusión a la masacre de centenares de personas de origen kurdo. (No profundizaré en este escabroso tema de política internacional por temor a que se me acabe el espacio).


Sin ninguna diferencia de género, la guardia de seguridad turca golpeó a las activistas como si fueran hombres. La brutalidad siempre conduce al agresor a golpear los genitales o las partes íntimas. Eso fue lo que hicieron con las tres activistas, de las cuales solo conozco a Carla Calapaqui, una mujer que ama a los animales y rechaza con indignación en redes sociales a quienes ofenden los derechos humanos, especialmente de las mujeres.

Es una activista que rechaza el autoritarismo, la sumisión y lo violencia de género. El denominado “machismo de Estado” en Turquía está en la agenda de los organismos internacionales de derechos humanos. Eso lo conocen las autoridades turcas; sin embargo, la protesta social casi siempre es reprimida con inusitada violencia.

Las mujeres turcas han dado un salto enorme para evitar el excesivo control del Estado sobre sus vidas, como por ejemplo el número de hijos que deben procrear.
 La idea más patética la lanzó hace poco el abogado y líder religioso Omer Tugurul. Según este iluminado, es de mal gusto que una mujer salga a la calle mostrando su embarazo de siete o de ocho meses. Si quiere salir a tomar aire fresco, según Tugurul, que el marido la lleve a pasear en el carro.

Hombres y mujeres, especialmente universitarios, salieron a las calles para rechazar esta ridiculez. 
El ministro de Sanidad, Mehmet Mezzinoglu, también nos ayuda a entender al macho turco: “Las madres no deben poner en el centro de sus vidas otra carrera distinta a la maternidad”.

La experiencia de Aslan generó en las mujeres turcas reclamos para combatir también los casos de acoso sexual, que son muy frecuentes. Un dato más, el 2014 murieron por causa de la violencia 281 mujeres.