Fernando Tinajero

Una luz que no se extingue

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Castigat ridendo mores –decían los romanos: riendo se corrigen las costumbres. Quizá esta sea la clave de la comedia auténtica, de la que se propone hacer reír, porque la risa es un privilegio de la condición humana, pero hacer reír de manera que la risa sea provocada por la propia imagen del espectador reflejada en las situaciones que viven los personajes de ficción. Chaplin supo conseguirlo en los albores del cine, y lo supo también Cantinflas, el inolvidable compañero de la infancia de muchos de nosotros. Lo ha sabido también aquel Shakespeare en miniatura que acaba de ser despedido en el estadio Azteca de la capital mexicana, con una apoteosis que quizá ningún hombre de Estado ha merecido en nuestros lares.

Se llamaba Roberto Gómez Bolaños, pero si se levanta en alguna parte el monumento que merece, allí deberá inscribirse aquel que fue su nombre de guerra: Chespirito –una variante muy modesta del nombre del más genial dramaturgo de los tiempos modernos. No conozco alguien que no lo haya visto alguna vez; muchos, en cambio, son los que siguieron día a día los episodios de sus distintos personajes. Más todavía: cada uno de sus programas, pero en especial los del famoso Chavo, han sido vistos alrededor de todo el mundo, trasladados a 50 idiomas, incluso a aquellos que son más distantes del español en su versión mexicana, como el japonés o el ruso. Algo debió tener, entonces, para que haya llegado a tantos auditorios con un éxito que podría poner verdes de envidia a muchos de los que sueñan con la fama, olvidando que ella siempre huye de los que más se empeñan en buscarla.

Pienso que Chespirito nunca la buscó. Se contentó con ofrecer una variada distracción a la gente de su entorno más cercano. He oído decir que fue el primero en sorprenderse cuando sus programas empezaron a ser buscados más allá de las fronteras de su patria. Pero ni siquiera entonces se envaneció. Cuando más, debe haberse alegrado por poder regalar unos minutos de risa a los niños más lejanos. Quizá esos niños no sabían, sin embargo, que las desventuras del Chavo no fueron una broma elaborada para que podamos reírnos de la desdicha ajena, como algunos han pensado, sino para que podamos vernos a nosotros mismos en el comportamiento de todos los que de cualquier modo maltrataron al niño huérfano que vivía en un tonel, igual que Diógenes. Vernos: es decir, reconocernos, avergonzarnos.

Hombres como ese no deberían morir, y en realidad no mueren nunca. Ellos son como las aguas del río, que se van pero se quedan siempre. En un mundo traspasado por la desdicha y el odio; en un mundo atosigante donde cada día zozobramos ante fuerzas abstractas que nos dominan (el Mercado, la Tecnología, el Poder, el Capital…); en un mundo que ha banalizado todo, hasta la vida; en un mundo signado por la sospecha y la desconfianza, por la indiferencia y el tedio, hombres como ese son como pequeños faros de luz que no se extingue. Faros que pueden reconciliarnos con la vida, y quizá también, con la esperanza.