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En el mural que preside la catedral de Riobamba, de Oswaldo Viteri, están plasmados el sol y la luna. El sol es Cristo y la luna es la Iglesia. Ella no es la luz, pero la refleja en medio de la oscuridad de un mundo que, tantas veces, camina a tientas. Luna Tobar así lo entendió, inteligente y humilde. Y supo asumir su destino y su vocación de ser solamente instrumento de Aquel a quien amaba entrañablemente, con todo su corazón de hombre creyente, siervo y pastor.

¿Se acuerdan de “El color púrpura”, aquella hermosa película sobre la segregación racial? Hay un momento en que la joven activista dice a la veterana: “Cuando la conocí a Usted, comprendí que Dios existía”. Ese es el descubrimiento del discípulo que camina de la mano del maestro, de aquel que siembra vida y transmite fe. Luna fue maestro y testigo. No sólo creyente, sino también creíble.

Y, en medio de las tempestades de la vida, supo mantener firme el timón de su barco. Nunca perdió la compostura, su sonrisa serena y, al tiempo, pícara, reflejo de la luz de su alma. Pero mantuvo la firmeza de su fe y de sus convicciones, de su compromiso a favor de los pobres y de los humildes. Inclusive en momentos difíciles en los que su resistencia ética era cuestionada por los poderosos del momento. Dentro y fuera de la Iglesia, en medio de una sociedad civil permeada de corrupción y de injusticia, Luna fue piedra en el zapato y motivo de escándalo para los que piensan que todo vale con tal de ganar plata o detentar el poder.

Cualquiera podría pensar que el ministerio episcopal al que fue llamado pudiera alejarlo de los pobres. Nada más falso. Fue entonces, sumergido en el corazón de la Cuenca rural y campesina, cuando aprendió a acoger, acompañar e integrar con más fuerza a los pequeños. Su palabra, su sonrisa y sus abrazos valían un mundo que expresaba, al mismo tiempo, la calidad de su alma y la pedagogía de su fe.

Ahora, en momentos en que medio país le tira los trastos a la cabeza del otro medio, buscando chivos expiatorios de los propios pecados, este hombre excepcional nos recuerda el valor de la persona, de la libertad, de la honestidad, del compromiso solidario. Es decir, el valor de lo fundamental.

Cuando los curas de Quito celebramos el jubileo del año 2000, Monseñor Luis Alberto nos dirigió el retiro en la iglesia de San Francisco. Al final, nos pidió que nos confesáramos de nuestros pecados. Con la sorna que le caracterizaba añadió: “No les será difícil, en este caso, encontrar confesor”. Se levantó y vino directo hacia mí, se puso de rodillas y me pidió que lo confesara. ¿Se imaginan a este pobre cura confesando a Luna Tobar? Cuando vio mi turbación me dijo: “Anda, que por lo menos serás tan pecador como yo”. A continuación, él absolvió mis faltas.

La fe hace pequeños a los grandes. Pequeños y privilegiados. Lo cierto es que, después de muertos, siguen siendo maestros y profetas.