26 de May de 2010 00:00

Lula

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Carlos Larreátegui

Al cabo de ocho años de mandato, Luiz Inácio Lula dejará la Presidencia del Brasil este próximo diciembre. Contra todos los pronósticos que aseguraban que Lula llevaría al Brasil a la completa postración y ruina, este Presidente deja un legado sustantivo en lo político, económico y diplomático. Para muchos, Lula simboliza el triunfo del socialismo moderno, de la denominada tercera vía que rechaza los postulados del liberalismo comunismo. Hace pocos días, mi apreciado amigo y maestro, Enrique Ayala, sostuvo en esta página que Lula mantuvo una postura socialista por su radical lucha contra la pobreza. Contrariando esta visión, sostengo que Lula es un auténtico liberal en lo político y económico y que difícilmente podríamos encontrar en la historia del Brasil un Presidente más favorable al mercado y al sector privado. El caso de Lula refuerza la teoría de que la tercera vía no es más que una ficción y que al final prevalece la dicotomía mercado-planificación, con todas sus variantes.

El liberalismo político, desde los tiempos de sus fundadores, Locke, Montesquieu y otros-- significa “imperio de la ley”, Estado Constitucional y libertad política. Históricamente, es el único sistema, ideología, praxis, ingeniería o como queramos llamarlo, que ha pasado de la teoría a la práctica sin traiciones ni capitulaciones. Lula reforzó los elementos del liberalismo político en el Brasil respetando el estado constitucional garantista, la independencia de poderes, particularmente el de los jueces, y elevó la seguridad jurídica al rango de valor social incontestado. Muy difícilmente podría un liberal ortodoxo hacer una mejor tarea en este plano.

En lo económico, Lula ha sido uno de los defensores más vigorosos de la economía de mercado. En una entrevista realizada por Juan Luis Cebrián de El País, Lula afirma haber construido un capitalismo moderno que, en su visión, representa el paso previo al socialismo. Nadie tomaría muy en serio esta teoría. Lo cierto es que Lula tuvo el acierto de proseguir y profundizar las políticas económicas de su predecesor, el “neoliberal” Cardoso y de esa forma logró acumular éxitos mayúsculos: la pobreza cayó del 46% en 1990 al 26% en el 2008; la deuda externa descendió al 4% del PIB; las exportaciones se multiplicaron en un 500%.

En el plano internacional, Lula ha sido todo menos un demócrata y defensor de los derechos humanos. En nombre del Socialismo, ha justificado los atropellos y abusos de regímenes como el de Cuba, Venezuela o Irán y le tiene sin cuidado la suerte de sus pueblos. Lula ha sido uno en Brasil y otro muy distinto fuera de él. Esa doble moral es incompatible con un auténtico líder y debilita claramente su legado histórico.

En síntesis, Lula ha sido un gran presidente para el Brasil y un falso profeta para el mundo.

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