Fernando Tinajero

Los libros y yo

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Accedí a recibir a una estudiante que quería hacerme unas preguntas, y me quedé sin habla cuando me preguntó en qué medida he sido tocado por los libros. Podía decir, por ejemplo, que debo a los libros todo lo que soy, pero no habría sido cierto ni justo. Tampoco lo habría sido pretender que han sido mi placer permanente, aunque sí fueron con frecuencia mi refugio. He leído muchos libros (no tantos como algunos amigos, y muchos menos de los que hubiera querido), pero no sé si me tocaron. Algunos me enseñaron a pensar; otros me dieron la conciencia del tiempo y otros más me hicieron sentir el placer del lenguaje. Muchos me hicieron conocer personajes inolvidables, imaginarios, pero más fuertes e influyentes que aquellos que decimos reales, y perdí ya la cuenta de aquellos que me dieron a la vez el placer y las ideas; pero no sé si me tocaron, entendiendo ese «toque» como una huella imborrable en el alma.

A falta de una respuesta directa, pude citar, en cambio, algunos lugares dispersos en Kafka, en Camus, en Dostoievsky, en Rilke, en Unamuno, en los Upanishad …, y dije sin mentir que el haberlos leído sin pausa en una etapa decisiva me cambió la vida para siempre. Aquellas fueron mis lecturas constantes entre los quince y los treinta, es decir, desde que descubrí la euforia de la vida, hasta que tuve que despedirme de ella con nostalgia.

En fin, lo diré brevemente: puedo olvidar los pormenores de los comportamientos de Rambert o de Cottard cuando Orán fue atacada por la peste, pero no olvido la santidad sin Dios que buscaba Tarrou. Tampoco puedo olvidar la angustia de aquel que no logró pasar la puerta de la Ley, y aunque haya olvidado los detalles del proceso que los jueces invisibles siguieron contra el oblicuo José K., aquella puerta cerrada no dejará de aparecerse en mis sueños. Y si algún día llego a olvidar la historia de Gregorio Samsa, sé que me será imposible olvidar la manzana que le arrojó su padre y se le quedó hundida en el caparazón, como dicen que se hunde el odio en el alma herida.

En una palabra: no son los libros los que pueden tocar a un lector, sino algunas palabras, algunos pasajes, algunas líneas. Y esas líneas, en mi caso, muchas veces fueron las que me hablaban de Dios. A veces me llevaban a evocar al Dios de mi infancia, que era un señor viejo y muy bueno que solía sonreír cuando cantaba el coro del colegio.

Otras veces me conducían nuevamente hacia ese Dios abstracto de mi primera juventud, que era un Dios de existencia irrefutable, como el teorema de Pitágoras, pero me dejaba siempre defraudado: uno puede aceptar una verdad geométricamente demostrada, pero no puede amar a un Dios que se parece demasiado a un triángulo rectángulo. Y otras veces, las más, me hicieron descubrir el Dios que me acompaña todavía en mi vejez, que es apenas un vacío, un hueco en el mar inaprehensible de la existencia humana, una nostalgia.

Atención: uno nunca sabe lo que puede descubrir sobre sí mismo.