Miguel Rivadeneira

Los daños de los caudillos

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Los caudillos mientras viven no dejan de incidir en la vida política de un país. Aunque abandonen la Presidencia siguen siendo protagonistas. Unos con mensajes políticos y otros confrontando a diario a todos los críticos, con su intolerancia demostrada en el poder, e incluso recibiendo el rechazo por donde van. Ya no hay concentraciones organizadas donde aplaudían obligados. Cosechan lo que sembraron. Por ello tienen terror a caminar solos y deben protegerse con seguridad. A diferencia de ex mandatarios honorables, que tienen su conciencia tranquila y pueden transitar libremente por las calles: Pepe Mujica, en Uruguay.

En el siglo pasado e inicios de éste, Velasco Ibarra, cinco veces presidente, y León Febres Cordero, mandatario entre 1984 y 1988, de recias personalidades, incidieron fuertemente en la vida nacional por décadas. El primero, el gran ausente cuando salía a vivir en el exterior luego de sus aventuras dictatoriales, y el segundo, calificado el dueño del país, a quien se le consultaba todo y ordenaba a todos desde una finca en El Cortijo (Guayaquil).

Cuántos políticos, empresarios y tantos dirigentes viajaron a Buenos Aires, la segunda ciudad de Velasco Ibarra. Una vez superada la era velasquista el dominio pasó a El Cortijo. Hasta Fidel Castro, en uno de sus pasos por Ecuador, en noviembre del 2002, le fue a visitar en esa finca a su amigo. A pesar de los pensamientos políticos opuestos que tenían se respetaban civilizadamente.

Ni Velasco ni Febres Cordero tuvieron tanto poder porque no llegaron a controlar absolutamente todo como ocurrió la última década, nefasta en la historia del país. Época de autoritarismo, abuso de poder, persecución y criminalización de la protesta, en contraste con el indulto y perdón otorgado a sentenciados por corrupción o tráfico de drogas. Destrucción de la institucionalidad, violaciones constitucionales y legales, incluso de las normas que aprobaron. Hoy tienen que responder por tantos actos de corrupción, no solo el escándalo de Odebrecht, que supuestamente no sabían nada cuando controlaban todo. ¡Cuánto daño hicieron y hoy quieren dar lecciones de moral!

Humillación y ofensa a todos quienes no se sometieron al pensamiento único y no se libró nadie del mal trato, la arbitrariedad y el atropello. Civiles, militares, policías (muchos sentenciados), religiosos, embajadores, profesionales de todos los campos, estudiantes, trabajadores, dirigentes sociales, de la producción, indígenas, ambientalistas, periodistas, mujeres, hasta familiares cercanos y directos, y todos quienes se atrevieron a disentir. Incluso autoridades y asambleístas oficialistas que fueron recriminadas, maltratadas y sancionadas. Hoy se respira otro ambiente, con respeto, apertura y diálogo, pero el modelo económico sigue aún el mismo, con las mismas distorsiones peligrosas.