Lolo Echeverría Echeverría

El amigo Luis Eladio

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23 de mayo de 2014 23:23

Conversar con una persona inteligente es una de las mayores satisfacciones de la vida. Luis Eladio Proaño, amigo entrañable, era también una de las personas más inteligentes que he conocido. Jesuita de formación refinada se retiró de la Compañía de Jesús y sirvió al país con excelencia desde diversas posiciones.

Fue maestro universitario, comentarista de televisión, conductor de programas de opinión cuando se podía discutir sin temores; director de Ciespal en la época de gloria de la institución; director de la revista Chasqui; director de la revista Mensajero; experto en análisis de la opinión pública; Secretario Nacional de Comunicación; asesor de las Fuerzas Armadas y otras instituciones; escritor y periodista. Deja escrito un libro, listo para su publicación, sobre procesos electorales en Ecuador.

Desempeñó un servicio invalorable durante la guerra del Cenepa como enlace entre la prensa y las Fuerzas Armadas y más tarde como asesor militar durante las negociaciones de paz.De Luis Eladio aprendí lo que sé de periodismo que, según su concepción, eran solo tres cosas: buen manejo del idioma, cultura general y ética. Compartimos proyectos periodísticos en prensa y televisión y largas conversaciones sobre política y realidad nacional.

Fue maestro de periodismo y democracia. En un editorial de la revista Mensajero expresaba: “Donde no hay representación política auténtica no hay legitimidad, sino usurpación y, consiguientemente, anarquía. No importa que el usurpador tenga magníficas intenciones de servir a la ciudadanía, ni que tenga aptitud y energía para mandar”.

En un día lejano leí un verso, de Nicolás Guillén, que se aferró a mi memoria porque tiene sustancia y es lo único que se me ocurre decir ahora a propósito de la muerte del amigo: “Iba yo por un camino cuando con la muerte di/ -¡Amigo!- gritó la muerte/ Pero no le respondí,/ Miré no más a la muerte,/ Pero no le respondí”.

Celia, su esposa y todos los amigos de Luis Eladio sentimos ahora que la muerte nos hace ese guiño, como si fuera una amiga. Sabemos que todos debemos morir y, sin embargo, la muerte siempre nos provoca estupor. Cuando hacemos esfuerzos por eludirla, más pronto vamos a su encuentro, como en la parábola del soldado de Samarkanda relatada por Baudrillard en su libro Sobre la seducción: “Un soldado se encuentra con la muerte a la vuelta del mercado, y cree verle hacer un gesto amenazador. Corre al palacio del rey a pedirle su mejor caballo para huir de la muerte durante la noche, lejos, muy lejos, hasta Samarkanda. Con ese motivo el rey convoca a la muerte al palacio para reprocharle que espante de ese modo a uno de sus mejores servidores.

Pero la muerte le contesta asombrada: no he querido causarle miedo. Era solo un gesto de sorpresa al ver aquí a ese soldado, cuando teníamos cita a partir de mañana en Samarkanda”.