María Cárdenas R.

La locura del miedo

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Mientras el mundo intenta comprender, acomodarse en el dolor y el sin sentido de eventos inesperados imposibles de concebir o aceptar, sin importar la distancia, las sensaciones son las mismas. Dirán que es una locura pensar así, pero los caminos tienen la misma jerarquía en relación al futuro. Algunas torceduras comenzaron antes, otras después y seguirán presentándose indicios de una demencia mundial.

Nueva época en la que la locura inflamada o, quizá, velada, tras el enfermizo fanatismo, cree que, a diestra y siniestra puede apropiarse de la vida de los demás sin más excusa que las diferencias políticas, religiosas, sociales. Los inocentes mueren, son apresados, los inocentes son perseguidos porque se ha perdido la tolerancia por la diversidad, aquella que nos hace grandiosos.

Las vanidades y los egos se hacen gigantes, mientras, las verdades empequeñecen ante ellos y se pierden en la sangre, las ideas retorcidas, la pérdida de la libertad causada por la ambición de poder. No importa el dios en el que creamos, ni las ideas que profesamos, menos el lugar donde nacimos porque estamos globalizados. Lo importante, desgraciadamente, es que ya no nos comprendemos. Los llamados líderes tienen sus mezquinas agendas, la de acrecentarse y convertirse en dueños de las más grandes mentiras.

¿El pueblo? Con habilidad inigualable y el uso de los medios de comunicación y sociales, su propaganda colorida, creativa y, no siempre, fiel a la verdad, manipula a los pueblos hambrientos de paz, bienestar y esperanza, con promesas que intentan llenar, justamente, esas necesidades y sueños.

Pueden vestir de negro, armados hasta los dientes, inhumanos y escudados en los supuestos dictados religiosos. O, ser criminales “convertidos” en terroristas, solitarios, seres que no tienen más que hacer y destruyen cientos de vidas con una bomba, con armas demasiado accesibles, con planes tan sorprendentes como un camión asesino. Pueden ser políticos con aparatos de estado que los siguen ciegamente, protegiendo porque su propia sobrevivencia, egoístamente y por conveniencia, olvidando al pueblo a quienes se deben y, quienes pagan sus gastos y extravagancias.

Proponen miedo, coartan la libertad, cierran espacios, poco a poco, hasta que ya es muy tarde para la reacción. Tarde, porque el sobresalto es ya parte de sus vidas, el hambre los paraliza, el terror a la pérdida de su libertad si se expresan es más grande porque hasta sus familias pueden verse envueltas.

El terror siembra de diferentes maneras, con los mismos resultados, un mundo en estado miedo, con susto de moverse o expresarse, de ser, porque para cuando caen en cuenta del suceso, ya son presos del evento. Puede haber sangre o no, se puede atacar sólo las ideas pero, de una u otra manera, es un terrorismo que acecha a la vuelta de la esquina, inclusive a los que ni imaginan que están dentro del mundo del terror.