Rodrigo Borja

La linterna de Diógenes

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1 de December de 2013 00:59

Al mirar la mala calidad y la corrupción de muchos de los líderes políticos alrededor del mundo, he recordado a Diógenes -el filósofo griego del siglo IV antes de nuestra era-, a quien se atribuían muchas excentricidades, entre ellas la de haber salido en pleno día por las calles de Atenas, con una linterna en la mano, en búsqueda de un hombre honrado.

De conducta desarreglada, Diógenes desdeñó la riqueza, combatió la superstición, la molicie, el juego y el amor a los placeres y a los vicios que esclavizan al hombre, se burló de los demagogos y puso en ridículo a los adivinos, augures e intérpretes de los sueños.

Esa vieja anécdota de Diógenes sirvió para acuñar la frase: "buscar con la linterna de Diógenes", con la que se designa la infructuosa persecución de la honradez y otras virtudes humanas entre los miembros de la sociedad.

Pero ni aun con la linterna de Diógenes es fácil hoy ubicar un líder político honesto en el mundo: que no esté embobado por el culto a la personalidad, o inmerso en la mediocridad intelectual y la incompetencia, o embriagado por la demagogia, o incurso en el transfugio ideológico, o comprometido en el derroche de los fondos públicos, o enredado en la corrupción y enriquecido -y enriquecedor- con el dinero estatal.

Son esos líderes y gobernantes los causantes de la crisis política, económica, social y moral de dimensiones globales que aflige al mundo.

El divorcio entre la moral y la política causa grave daño a las sociedades. Si hay una acción humana que, por su trascendencia social, debe estar rigurosamente sometida a la ética, esa es la política. Todas las acciones humanas deben estarlo. Pero con mayor razón la de conducir los destinos de los pueblos. Para gobernar se requiere una credencial ética porque sólo así puede nacer en los gobernados la obligación moral de la obediencia. Escribió Ortega y Gasset que "la moral es una cualidad matemática: es la exactitud aplicada a la valoración ética de las acciones". Y eso es precisamente lo que falta en los ámbitos gubernativos alrededor del planeta. Falta una dimensión ética y una dimensión estética. Muchas cosas sucias y poco elegantes se hacen en nombre de la política. Muchos regímenes políticos se han convertido en "cleptocracias", en las que la corrupción se ha institucionalizado y ha formado su propia cultura -con sus códigos, usos, jerarquías, honores y distinciones sociales- y en las que la honestidad es vista casi como una extravagancia.

Desde el punto de vista económico, la corrupción de los gobernantes es un muy duro impuesto a los pueblos, de cuyos bolsillos sale el dinero que va a parar a las cuentas cifradas en los paraísos fiscales, donde se levantan "santuarios" de protección a los ladrones de fondos públicos, se impide todo escrutinio de sus cuentas bancarias secretas y se les rodea de impunidad.