Benjamín Fernández

Linchamiento mediático

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26 de June de 2013 00:03

La expresión incluida en el nuevo reglamento que rige la prensa en el Ecuador ha sido muy bien pensada. El personaje de apellido Lynch relacionado a la historia negra de los Estados Unidos esclavista, legó a la amplia y vasta literatura jurídica latinoamericana un concepto nuevo que por la vaguedad de su expresión solo garantiza una utilización tan injusta, como arbitraria había sido la conducta de Mr. Lynch. Es evidente que el mejor rigor jurídico tiene hoy un adversario que escondido en la emboscada que le brinda la expresión podrá desde ahí perpetrar sus más temibles ataques contra la libertad de expresión y de prensa. En el ánimo de buscar un enemigo político al que atacar la ley como garrote emerge temible ante la mirada impávida de una sociedad que más temprano que tarde abominará y condenará tal conducta.

Si la injusticia o irresponsabilidad por parte de la prensa se paga con la pérdida de la confianza de sus lectores, oyentes o televidentes, desde el Gobierno la cuenta solo es posible cobrarla al final de cada periodo presidencial. Los medios van a elecciones todos los días, los políticos cada cuatro, cinco o seis años. Una diferencia sustancial con la que el poder político no parece contar y que reiteradamente solo procura recordar su poder utilizando el peor mecanismo autoritario: la norma disfrazada como argumento político. No le basta al gobernante de ocasión perseguir y conculcar los derechos de sus adversarios, su intención es humillarlos con el uso de la ley al estilo de Mr. Lynch. Para este propósito todo vale. Concesión graciosa de licencias y frecuencias, restricciones en la publicidad estatal, juicios por calumnia y difamación y, si todo eso no es suficiente, una ley escrita con el único propósito de torcer definitivamente el brazo de un sector de la sociedad no complaciente ni sometido al poder. Los pueblos finalmente terminan reconociendo las injusticias y con el paso del tiempo condenan al poder concentrado en derrotar la disidencia antes que reducir la pobreza, la criminalidad o el desempleo. Esta estrategia dilatoria de sometimiento a los críticos pasa a convertirse en el principal argumento en contra de los gobiernos sostenidos por un odio y resentimiento superiores a la nobleza y amplitud que se espera de un demócrata que incluso de la crítica más acerva obtiene elementos creativos.

Los pueblos sin prensa o temerosos no encuentran otra manera de dilucidar sus conflictos por otros recursos que no sean los violentos. Esa es una de las ventajas intangibles de un Régimen de libertades donde las críticas más duras y radicales se convierten en valiosos instrumentos de convivencia pacífica que evitan en esa dialéctica democrática la recurrencia a métodos agresivos, violentos e injustos.

El peor de los linchamientos mediáticos es el que recurriendo a la ley expresa la debilidad de su argumentación democrática termine asumiendo el carácter del Régimen que lo practica.