Víctor Fagilde

Lilsboa

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Compartiendo pasiones históricas con un recordado Embajador de Brasil, fui a pasar unos días a Lisboa, la luminosa adelantada del Atlántico. La idea era hacer dos escalas precisas: el Palacio Nacional de Queluz —por la gran presencia que ha tenido en la historia brasileña—, y el Panteón Nacional —por la discriminación que hace sobre algunas figuras de la historia portuguesa, y más concretamente, sobre la de Magallanes—.

El Palacio de Queluz, construido en el S XVII sobre la casa de campo de los marqueses de Castelo Rodrigo, era una residencia provinciana que, en su parte externa, sigue conservando aquella gracia de los palacios de campo pero que, de la mano de la reina María I se fue convirtiendo en una especie de Versalles portugués, con bellísimas fachadas a los jardines.

Recorrer sus salones y dependencias fue un baño de historia que se concentra en la habitación Don Quixote, en la que nace, en 1978, y muere, en 1834, quien fue sucesivamente Emperador —Pedro I de Brasil—, y Rey —Pedro IV de Portugal—. Fue también alojamiento de la reina Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII de España y esposa de Juan VI de Portugal, al que acompañó en su estancia brasileña tras la invasión napoleónica de la península ibérica (no he encontrado aún razones ni respuestas a porqué Carlos IV no se trasladó a Cartagena de Indias, en lugar de entregarse a Napoleón en la isla de los Faisanes). La capilla, barroca, situada al lado del salón del Trono y tras el de música, fue el centro de las innumerables conspiraciones de la reina.

La segunda escala fue en el Panteón Nacional, antigua iglesia de Santa Engracia, mandada construir en la época filipina y terminada tres siglos después por Oliveira Salazar. El juego de las tumbas y los cenotafios ha permitido a Portugal honrar a sus más descollantes figuras. Aunque los restos de Vasco da Gama estén en los Jerónimos —monasterio mandado construir para celebrar la vuelta de su viaje a la India—, así como los del Cervantes luso, Luis de Camões, sus cenotafios acompañan en el Panteón Nacional al de Nuno Alvarez Pereira, héroe de Aljubarrota contra los españoles y Santo, en cuyo honor se construyó el Monasterio de Batalha, pero cuyos restos fueron robados sin que haya indicio alguno de su paradero.

En ese juego de cenotafios me llamó la atención que no hubiese uno dedicado a Magallanes, a quien, aunque al servicio de España, cabe el honor de haber dado la vuelta al mundo por occidente, aunque el viaje ni lo hubiera concluido él, muerto en combate en una playa de Mactan, ni más que una de sus cinco naves, la Victoria, al mando de Juan Sebastián de Elcano. Por cierto, el que primero dio la vuelta al mundo por esa ruta, técnicamente, fue su esclavo Enrique, malayo, que cerró el círculo cuando Magallanes toca Malasia.