Farith Simon

Lilian Tintori

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La semana pasada, el Canciller Long presentaba en las Naciones Unidas a nuestro país como una referencia mundial de trato respetuoso a los derechos de los extranjeros, criticando a los países que los maltratan. Esa misma semana entregó a la alcaldesa de Barcelona una copia de la Ley Orgánica de Movilidad Humana, como ejemplo del respeto de este régimen a los foráneos.

Ese mismo día nos enterábamos, temprano en la mañana, que Lilian Tintori, una lideresa de la oposición venezolana (esposa del principal preso político de ese país, Leopoldo López), había sido inadmitida y expulsada sin haber salido de la zona internacional del aeropuerto.

Horas más tarde, Diego Fuentes, Viceministro de Seguridad Interna, comparecía ante los medios y contaba la versión oficial: no se le permitió ingresar porque había violado el artículo 49 de la Ley Orgánica de Movilidad Humana, que en su parte pertinente dice “Las personas visitantes temporales en el Ecuador no podrán inmiscuirse en asuntos internos del Ecuador”. Así, como que nada, sin avergonzarse, revelaba que a una persona que cumplía todos los requisitos para ingresar al país, que no había cometido infracción alguna (todavía no había ingresado a nuestro territorio), había sido expulsada. No explicó por qué la inadmisión no fue resuelta por un juez en una audiencia, como manda la Ley vigente.

En este tema hay un claro doble estándar; unos días antes, los cantantes Piero y Víctor Heredia, argentinos los dos, participaron en los eventos proselitistas de Lenin Moreno, el candidato oficialista; en estos días, Franco Parisi, chileno, estaba en el país elogiando el manejo económico del régimen, pidiendo que se nos compare con Uruguay y no con Venezuela (lo que ahora repiten en la propaganda oficialista), con un claro objetivo electoral.

Lo sucedido con Tintori es una prueba, por si se necesitara alguna adicional, de la indignante inconsecuencia de un régimen lleno de discursos autoalabatorios en materia de derechos humanos, que inmediatamente desechan a su conveniencia; justificando cualquier acción sin importarles lo evidente del abuso cometido.

No les preocupa colocarse por encima de la ley, aplicar interpretaciones de las normas de forma selectiva. No se cansan de vaciar de realidad su discurso, de convertirlo en retórica, en palabrería pura y dura; porque el Canciller, como muchos otros, se llenan la boca de un discurso seudorevolucionario sesentero, con perlas como “la patria es donde uno lucha”, para luego probar que eso solo se aplica para sus coidearios. Al fin, parece que “Patria” para ellos es una suerte de patio de juegos donde hacen lo que quieren con la certeza de una impunidad temporalmente garantizada.

Los abusos se presentan como acciones de una supuesta protección a la legalidad y de respeto al país; y hay quienes todavía les creen, justificándolos pese a lo evidente y reiterado de su desprecio por valores democráticos sustanciales: primacía de las normas, no discriminación, independencia de las instituciones y debido proceso.

@farithsimon