Monseñor Julio Parrilla

De qué líderes hablamos

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A fin de que no me acusen de que me meto en política de forma indebida por mi condición de clérigo, evitaré dar pistas sobre nombres, tronchas e ideologías de nuestro espectro nacional y, simplemente, dejaré, en el horizonte de la ética política y de la memoria histórica, que hable el corazón.

Por eso, no me referiré a ninguno de nuestros líderes de uno u otro color en particular, sino al liderazgo ideal con el que yo me atrevo a soñar.
Un líder no es todo en política, pero es mucho y siempre necesario.

Hay liderazgos de usar y tirar, mediocres y penosos, sobre todo los indiscutibles. Y hay también líderes imprescindibles, gracias a los cuales el mundo puede transitar por caminos de libertad, de justicia y de democracia.

Dicen que para vagón de cola vale cualquiera; para locomotora, algunos menos.
El origen de los grandes líderes no siempre es glorioso. No pocas veces sus comienzos son modestos, pero son capaces de adivinar el futuro, remar contracorriente, contrariar a sus fieles y disgustar a unos cuantos…

En un determinado momento, se convierten en estadistas capaces de soñar la libertad (¿recuerdan a Nelson Mandela?) desde el oscuro agujero de una celda.
En este sentido, Xavier Vidal-Folch cita el nombre de Adolfo Suárez, quien, a caballo de la transición española, se convirtió en líder y estadista, a pesar de que algún franquista despistado calificara su nombramiento de inmenso error.

Suárez, que nunca ocultó su origen falangista y sus vínculos con el viejo régimen, supo intuir que el futuro de España tenía nombre propio y se llamaba democracia. En esto fue un águila, un pájaro de altura, no un gallináceo. A veces, no nos damos cuenta y seguimos atados al carácter residual de un poder que se evapora y al que sólo le queda hacer trampas o refugiarse en el autoritarismo disciplinar.

Frente a tales tentaciones, Suárez supo ejercer un liderazgo lleno de pragmatismo que elevó a normal jurídicamente lo que ya era normal en la calle.
Así es mi líder político: alguien capaz de soñar a lo grande, pero capaz también de gestionar las expectativas del pueblo, abriendo fisuras en las certezas y en los discursos dominantes, tercos y repetitivos.

Casi sin darse cuenta los regímenes se estancan y tratan de convertir los sofismas en verdades con base en repetirlos una y mil veces. Por eso, hay que escuchar a los jóvenes (sobre todo a ellos), a los movimientos sociales y a cuantos luchan y trabajan día a día por un mundo mejor, más libre e incluyente.


Hoy, los líderes políticos se salen del eje izquierda–derecha y tratan de poner su oreja en el corazón ciudadano, allí donde laten los temas que afectan a la vida cotidiana, al bolsillo y a la calidad de la vida, allí donde se afirma el futuro frente al pasado.

¿Será suficiente? Puede que sí, mientras el líder cuide la ética, el bien común y la dignidad de las personas, incluidos los diferentes.