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28 de January de 2013 00:02

Me siento a escribir y, mientras surge un tema, miro de reojo los libros, cientos de libros. Algunos, los de Ortega, Kafka, Camus y Unamuno, con la universidad a flor de piel, actuales y frescos gracias a la circunstancia del mundo y del país. Otros, los de García Márquez, Vargas Llosa, Alejo Carpentier con los recuerdos del boom y, como si fuese ayer, intacta la primera impresión de literatura nueva, mágica, que inauguró otro tiempo que, al parecer, va concluyendo. Los de Oriana Fallaci, nítidos, con las entrevistas vivas, atrevidas y valientes ante el poder arrogante de siempre. Por allí, escondidos el Principito y Correo Sur de Exupéry que evocan el simbolismo y la profundidad que descubrí en sus textos. Y, claro, por allá, los de Octavio Paz y los de Weber. Y Montalvo que reclama una relectura y el Quijote, y la sociología, la política, el derecho, la historia. Libros, cada cual con sus marcas, sus notas y testimonios.

Lo notable y valioso de los libros bien leídos son las notas al margen y los párrafos sorprendentes, que algún día subrayamos en el entusiasmo de su descubrimiento. Textos repasados, repensados, algunos olvidados, y otros que aún aluden con precisión al instante, a la coyuntura en que llegaron para ser compañeros de ruta desde entonces. Algunos, tan polémicos, tan intensos que rompieron esquemas para siempre. Otros, tan bellos, que cambiaron la perspectiva de pensar y la forma de sentir. Algunos, magistrales a tal punto que aún inquietan con la disciplina y el rigor que impusieron, con los razonamientos que inauguraron.

Pero hay otros, ya arrumados en cajones, descartados por su superficialidad y su disparate. Son los libros de coyuntura, escritos al calor de la pasión política, entre el torbellino de los hechos, o al influjo del adulo y la servidumbre. Folletos que pretendieron edificar liderazgos con pies de barro, que, vistos a la distancia, son eso, folletines de propaganda, malas caricaturas seudo intelectuales, máscaras de intereses concretos. Es la literatura del poder que envejece al día siguiente. La vejez prematura que les aqueja es el testimonio certero de cómo el tiempo barre la hojarasca y desnuda de oropeles de lo que algún día estuvo en la cúspide de la arrogancia.

En cambio, la virtud de los clásicos es que son testimonio de eternidad. Los años no les conmueven, al contrario, afianzan la fuerza de sus ideas y son un desafío de permanencia en tiempos de la cultura del desecho. Allí están los clásicos a los que siempre se vuelve. Y allí está la literatura de la libertad, escrita por perseguidos, por “seres raros” que prefirieron, como Montalvo, la integridad y el riesgo de escribir a las comodidades de las poltronas burocráticas. Esos son los libros vivos, los que tienen la capacidad de resucitar en el alma de los lectores, cada vez que nuevos despotismos convocan a su incómodo testimonio.