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14 de July de 2013 00:01

Todo libro válido es una forma de suscitación: interroga más de lo que responde, como lo sabían los antiguos filósofos que inauguraban para el occidente el poder de indagación del pensamiento sobre el pensamiento; el de no detenerse en la búsqueda; el de aceptar que el valor de la pregunta consiste en insistir en preguntar, hacia una imposible respuesta definitiva.

La lectura viva trae a la imaginación términos cuya problematicidad nos urge: humanidad, identidad, historia, palabra; sus posibilidades de relación o de repulsión mutuas o, mejor, la simultaneidad de sus oposiciones: ¿ser o nada? No. Algo más difícil: ser y nada.

Todo libro manifiesta la ambición de que triunfe el sentido, aunque tal sentido fuese el de demostrar lo absurdo, y su sartriano resultado, la náusea ante un existir inexplicable; si el libro demostrara que el sinsentido es el sentido último del existir, su existencia habría tenido sentido. Y si el libro descubriera que el existir tiene sentido positivo, que el vínculo entre palabra y mundo es tan real que el mundo está debidamente representado en la palabra, que descansa en ella, pues solo la palabra lo explicita y explica, la existencia del libro habría tenido sentido… Mas no nos engañemos: no es la conformidad entre lo que el libro dice y lo que nosotros esperamos que diga lo que dota de significado a la lectura sino, al contrario, la disconformidad, la insatisfacción que el libro genera; la desconfianza en toda pretensión de absoluto, si el escritor logró presentarnos verosímilmente en la palabra tal aspiración. No cabe oponer un libro en el que triunfen el sinsentido y la desazón consecuente, a otro en el que lo haga la racionalidad, pues sinsentido y razón se requieren sin remisión posible: no hay razón en que no quepa la sinrazón, ni absurdo que no se muestre a través de la lógica.

T odo libro fue un sueño antes de escribirse. Un sueño que siguió soñándose mientras se escribía, del que nadie sabía el final, otro sueño. Que desafió el vacío, la desesperación de la duda íntima sobre el propio valor, sobre la posibilidad de llegar a algo profundo y sincero, y bello, sobre todo, bello en su hondura y verosimilitud. El escritor que culmina la escritura de un libro necesario es una especie de héroe que, en lugar de malbaratar sus sueños en fantasías o aspiraciones que iban desvaneciéndose hasta quedar flotando, como avergonzadas, en la nostalgia de un ámbito más íntimo, las hubiese recibido como dictado imperioso de dirigirse a los otros, orden que cumplir aun sin creer en ella, aun sin creer en él mismo, aun y, sobre todo, sin atreverse a creer.

El libro es una prueba de resistencia, de nostalgia, de victoria. Es el camino de Machado que se hace y borra a cada paso dado. Es el paso, la huella de este paso y, como la vida, todo, y nada más.