Pablo Ortiz García

El libro impreso

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16 de December de 2011 00:02

Hay cosas gratificantes en la vida, todavía no prohibidas. Una de esas es la maravillosa sensación de tener un libro entre las manos.

Revisarlo, ojearlo, tocarlo, abrirlo, sentirlo, leerlo, para luego vivirlo a medida que el lector pasa las hojas con sus dedos, son sensaciones que los amantes de los libros no pueden abandonarlas. La lectura y los libros tradicionales son una adicción desde la invención de la imprenta.

Según Mario Vargas Llosa, la lectura de un libro permite “traducir las palabras en imágenes”, y eso enriquece a los lectores.

El libro es como la persona que se ama: amable, fiel, con carácter, llena de sorpresas, repleta de sentimientos que se presentan en cualquier momento, dispuesta a entregar todo de sí.

Solo exige que la respeten y la entiendan, no necesariamente se puede estar de acuerdo con lo que expresa.

En el libro impreso el lector deja sus marcas, como la nota al margen del párrafo, o el resaltado de una frase inteligente. O la lágrima que cae en la línea que relata algo triste, o excesivamente gracioso.

A esas huellas se las podría llamar la geografía del libro. El lector conoce “su” libro, en la parte interna, por las señales que va dejando a medida que transita por las hojas, párrafos, líneas.

La vista y el deseo de aprender inician el recorrido por el texto del libro impreso, pero es el tacto, un sentido que muchos seres humanos lo han perdido, el que hace que el papel se adentre en el lector.

La sensación de tocar, de pasar hoja tras hoja, de avanzar hasta la frase final del libro, es tan agradable como cuando el tacto se encuentra con algún elemento de la naturaleza que le llena de alegría y satisfacción.

El libro impreso ha recorrido la vida con la humanidad. Le ha acompañado al lector a todas partes. No despierta envidias ni malos pensamientos, excepto en los dictadores y en los incultos. Va a las montañas y mares, solo requiere la intención de ser leído y un poco de luz, que hasta la Luna proporciona. No necesita de baterías, ni estar conectado a una red.

Los abuelos decían que nunca se debe prestar un disco (ahora llamados CD), ni un libro.

El que presta el libro es, según los “mayorcitos”, un pendejo, y el que lo devuelve es doblemente pendejo. Eso demuestra lo preciado que son los libros tradicionales. Soy, como muchos aficionados a la lectura, un romántico del libro impreso.

Podría ser mi edad, pero el romanticismo a la antigua sigue de moda. ¿Por qué descartar las cosas buenas?

Por lo dicho, no comparto lo expresado por el inteligente compañero de columna, Sebastián Hurtado, que en su artículo de la semana pasada en diario EL COMERCIO sostiene que “los libros electrónicos son mucho más versátiles y convenientes que los libros tradicionales”.