Óscar Vela Descalzo

‘El libro flotante’

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“Nadie lanza nunca un libro al agua. Se lo echa al fuego, se lo aprisiona en una caja, se lo entierra de pie en una biblioteca. Pero nadie lanza jamás un libro al agua. Nadie. Nunca. Jamás”.
Así empieza ‘El libro flotante’, la novela del escritor ecuatoriano Leonardo Valencia (Penguin Random House, 2015, reedición), con la contundencia, el misterio y la belleza indispensables para atrapar al lector y no soltarlo hasta el punto final.

La historia de aquel libro que un atrevido personaje rescata de las aguas de un lago italiano es la que discurre en paralelo al otro lado del mundo, en Guayaquil, la ciudad porteña que ha sufrido una arremetida brutal de las mareas hasta quedar sumergida casi en su totalidad. Apenas unas pocas barriadas altas, las de las principales lomas, emergen en esta distopía como islotes salvadores.

Las imágenes de la ciudad hundida -una especie de Atlantis improbable- y de los residentes de las lomas -robinsones resignados a su condena perpetua- son tan potentes y estremecedoras que el lector no las puede borrar fácilmente de la memoria.

Hay en la novela de Valencia remebranzas y aromas de Roberto Bolaño, José Saramago, Jorge Luis Borges y Paúl Auster, escenas propias de Krzysztof Kieslowski, Stanley Kubric o quizás de los hermanos Cohen; y por sus páginas transitan, fantasmales, las melodías más tristes de Julio Jaramillo, de Hugo Idrovo, de los lagarteros de la calle Lorenzo de Garaicoa.

También se notan las ausencias de lo que ya no es posible descubrir en esa gigantesca bahía dominada por el mar: los ritmos tropicales que brotaban de las casas céntricas, el aroma de frituras y cebollas de los salones de comida, las avenidas flanqueadas por palmeras, el ruido estridente de bocinas y motores, los latidos de lo que fue una gran ciudad cuyo tronco ha quedado sepultado por el silencio de las aguas profundas, mientras sus extremidades se mantienen erguidas como los juncos del estero.

El misterioso libro de Caytran Dolphin, un personaje evanescente, marca el ritmo de la historia con aforismos precisos, inteligentes, mientras una sociedad de poetas, aventureros y jóvenes escribidores intenta desentrañar el secreto de aquellas mareas impredecibles que, en algún momento, subieron para nunca más bajar.

La narración tampoco está exenta de sorpresas, esquinazos y vértigos, pues la novela se asienta en varios misterios que se van develando con sutileza mientras Ignacio, Valeria, Romano, Caytran, Vanessa y compañía surcan los ramales intrincados de la nueva hidrografía guayaquileña, bucean en sus aguas achocolatadas y se cuestionan: ¿cuándo llegará el final de aquella historia, cómo acabará todo, qué es en realidad un libro flotante, quién es su verdadero autor?

Y mientras alguien se sumerge en las aguas negras, otro explica: “… un libro flotante siempre tiene una historia inconclusa. Traza un círculo que está a punto de cerrarse sobre sí mismo, pero en el último momento se desvía, se convierte en espiral y empieza a subir, huyendo una vez más”.

ovela@elcomercio.org