Fernando Tinajero

¿El fin del libro?

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Acabo de mantener una interesante charla con el joven dependiente de una gran librería y me he quedado pensando en el destino que la nueva tecnología parece haber preparado para el libro.

A mi pregunta sobre el impacto que la nueva tecnología ha causado en la venta de libros, mi interlocutor ha respondido sin vacilar: “Enorme” –y sin necesidad de continuar mis preguntas ha pintado ante mí un paisaje de apocalipsis: como es bien sabido, numerosos sitios de la red cibernética han puesto a disposición de quien quisiera varios miles o centenares de miles de libros en versión digital. Según la jerga al uso, muchísimos de esos libros pueden “bajarse” en pocos minutos, aunque también hay otros cuyas primeras páginas pueden leerse en forma inmediata, aunque para “bajarlos” es preciso efectuar algún pago mediante el uso de una tarjeta de crédito. Especialmente, según me explica mi joven interlocutor, se trata de libros técnicos o científicos que suelen ser usados como fuente de consulta por profesores y estudiantes, aunque también es posible encontrar obras de la gran literatura del mundo, empezando por los poemas homéricos y llegando a las más famosas obras de la narrativa contemporánea. Más todavía, me entero de que actualmente hay en el Ecuador (y sin duda, también en otros países) algunas universidades privadas que entregan a los estudiantes una ‘tablet’ en la que están ya incorporados todos los libros de las bibliografías recomendadas.

¿Para qué, entonces, tendríamos que seguir destinando grandes espacios a las pesadas estanterías de las bibliotecas, si todos los libros necesarios caben en un aparatito del tamaño de un cuaderno? ¿Y para qué seguiríamos pagando a un numeroso personal que se encargue de catalogar y limpiar los estantes cargados de volúmenes que a pesar de todo nunca podrán librarse absolutamente de la acción del polvo y la polilla? Yo también he recibido correos que han traído uno o varios libros digitales, pero nunca me he entusiasmado con ellos. Tal vez porque estoy viejo sigo pensando que la lectura de placer, esa morosa lectura capaz de volver atrás para saborear mejor lo ya leído, requiere todavía ese objeto cartáceo cuya materialidad parecería esfumarse tan pronto como lo otro (el pensamiento o la emoción, o ambas cosas a la vez) empieza a entrarnos por los ojos. Y me consuela pensar que el libro, ese viejo compañero que ha llenado mis horas solitarias, no morirá mientras yo viva. Y más todavía: lejos de morir, es un compañero para el cual hace falta diseñar con urgencia una política adecuada, porque ya es hora de lograr que la circulación de nuestros libros pueda asegurarse por lo menos en la totalidad de nuestro territorio. ¿Cómo es posible que un libro publicado en Quito no llegue ni siquiera a Latacunga, y viceversa? Ya es hora, al fin y al cabo, de que la publicación de un libro en el Ecuador deje de ser, como alguien dijo ya hace muchos años, una elegante manera de permanecer inédito.

ftinajero@elcomercio.org