4 de March de 2011 00:00

Libia y Gaddafi

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Enrique Ayala Mora

Nada justifica las graves violaciones a los derechos humanos que se han dado en Libia durante la represión de los grupos opuestos al gobierno de Muammar al- Gaddafi. Pero también nada justificaría una intervención imperialista en ese país con el pretexto de pacificarlo. Al juzgar los hechos se debe tomar en cuenta estos dos factores, para no repetir lugares comunes como “dictador” o “monstruo” que se adjudican al líder árabe, con ignorancia o mala fe para “vengar” a Occidente.

Libia vivió buena parte del siglo XX bajo el signo del colonialismo y sufrió los duros efectos de la Segunda Guerra Mundial. Italianos, alemanes, británicos, canadienses, estadounidenses, ocuparon una y otra vez su territorio en medio del conflicto bélico. En los años de posguerra, regiones del país fueron administradas por el Reino Unido y Francia. En 1951 se proclamó la independencia como un reino. La influencia de las potencias capitalistas se mantuvo y los grandes yacimientos de petróleo de Tripolitania y Cirenaica fueron explotados por grandes compañías petroleras accidentales.

Las tendencias republicanas y nacionalistas crecieron en el país y la monarquía fue depuesta en 1969 por un movimiento liderado por el coronel Gaddafi. En los años siguientes se estableció la “Liga Socialista Árabe” que dirigió el Gobierno. Libia pasó a controlar su petróleo, nacionalizó la banca y el 51% de las empresas extranjeras, robusteció las empresas estatales de servicios públicos, pero mantuvo un sistema económico abierto con propiedad privada y buena proporción de negocios particulares.

Este sistema era, ciertamente, moderado en lo social y económico, pero Libia fue satanizada por la política norteamericana por su nacionalismo petrolero y por su apoyo a las fuerzas palestinas, que mantuvieron campos de entrenamiento su territorio. Lo más destacado del proceso, sin embargo, fue el esfuerzo de Gaddafi por estructurar un socialismo de raíz nacional, recogiendo la herencia islámica, pero manteniendo la política en el campo secular, evitando el control del clero extremista. Gaddafi es un pensador original que rechazó el fundamentalismo islámico y el estalinismo, para buscar su propio camino socialista. No está nada bien, sin embargo, que gobierne por tantos años y pretenda crear una dinastía.

En Libia la oposición está muy bien armada. La violencia ha sido tremenda y los atropellos graves de ambos lados. Debemos aspirar que la paz se imponga, que cesen las violaciones a los derechos humanos, que no se intente justificarlos, pero que no se vuelvan los hechos un pretexto para una intervención como la de Irak, donde el principal delito del país era tener petróleo para el saqueo.

El segundo comunicado del Gobierno del Ecuador sobre Libia plantea, en general, esas consideraciones. Y parecen las más correctas.

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