25 de January de 2014 00:02

La libertad es de doble faz

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Lo obligatorio no resulta simpático, pero es imprescindible, para no quedar al margen de la vida legal. Al profundizar su significado, la obligación parece reñida con las libertases democráticas, que tienden a flexibilizar la conducta de los ciudadanos y a suprimir las limitaciones. Pero las obligaciones son garantías de una convivencia organizada, de modo que debemos apostar a su ventaja en el orden legal. La obligatoriedad es incuestionable en materia de enseñanza, es indiscutible en los deberes de la patria potestad y es indiscutible en los castigos a la conducta ilegal. No es posible que una comunidad civilizada sobreviva sin un sistema de rigor para castigar el crimen.

Lo singular es que el ciudadano de mentalidad democrática ha sido formado para detestar lo obligatorio y amar lo contrario, el permiso para optar por otras alternativas, de modo que la obligatoriedad lo remite a regímenes despóticos de la historia moderna, a la severidad asfixiante del stalinismo soviético del siglo pasado, al totalitarismo impenetrable del maoísmo chino de los años 50, a las modalidades del fascismo hispanoamericano de ese mismo período, con Pérez Jiménez, Somoza o Trujillo, cuando no se podía abrir la boca para discrepar con, o en los tiempos del comunismo camboyano cuando la utopía de la socialización mató a la cuarta parte de la población.

En general, superficialmente, hablar de obligación es referirse a esos sistemas intolerantes que trataban al ciudadano como súbdito, imponiendo un régimen de terror que paralizaba a los individuos y borraba las opiniones, como puede seguir ocurriendo en el totalitarismo dinástico de Corea del Norte, por ejemplo, donde se diviniza a los dirigentes de un sistema ateo.

En las democracias liberales y abiertas, como la uruguaya, todo se asocia con esa elasticidad, menos el voto obligatorio cuando se acercan las elecciones, como en este año. El carácter obligatorio del voto es una verdadera negación del espíritu republicano de nuestro pluripartidismo y de la libertad para decidir lo que el ciudadano quiere hacer; votar o dejar de hacerlo, según su conciencia o su ánimo.

Imponer su obligatoriedad, bajo amenaza de sanciones, resulta más propio de los gobiernos autoritarios que de los climas democráticos, porque convierte un derecho en un deber y pervierte el privilegio de votar, haciendo pensar en la ventaja de los políticos y no en la capacidad de maniobra de los ciudadanos. Las democracias de funcionamiento casi ideal, como las anglosajonas, nunca pensaron en imponer el voto obligatorio que degrada la categoría del sistema y ofende el nivel de inteligencia del elector, dudando de su capacidad de decisión al concurrir a las urnas o mantenerse alejado de ellas. Quizás en eso radica el punto decisivo de esta opción, en dejar a la gente librada a su resolución y no multarla cuando discrepa con la ley.

La libertad individual tiene entonces su reverso, su doble faz, porque puede ejercitarse en ciertos casos y no en otros.

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