Farith Simon

La ley de la confusión

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Cada vez que en el país se debate un cambio normativo importante, que busca modificar cierto statu quo de la convivencia social, es usual escuchar como argumento que no es posible hacerlo porque sería ir en contra de la “naturaleza”; quien esto afirma considerara que es inmodificable y que el legislador, un humano, no pueda afectar el “orden natural de la cosas”.

Cuando escucho estos argumentos, me es inevitable recordar cómo se justificaba la potestad marital, institución definida como “el conjunto de derechos que las leyes conceden al marido sobre la persona y bienes de las mujeres”. Este poder, y la subordinación que conllevaba, era descrito como algo natural.

Portalis, el gran jurista francés, sostenía: “…no son las leyes, es la naturaleza misma la que ha trazado los destinos de los sexos. La mujer tiene necesidad de protección porque es más débil; el hombre es más libre, porque es más fuerte. La obediencia de la mujer es un homenaje tributado al poder que la protege, y es una consecuencia necesaria…[el matrimonio] no podría subsistir si uno de los esposos no estuviese subordinado al otro’.

Pensará usted que esta cita es muy antigua para tomársela en serio, pero hoy mismo usted podría leer, en un manual de Derecho Civil ampliamente difundido en el país y supuestamente actualizado, esto: “de la misma organización de la familia se sigue la obligación de la mujer de obedecer al marido”.

No hay duda en la actualidad que esta idea de la dependencia y subordinación femenina no era resultado de la naturaleza, de leyes naturales, era producto de una forma jerarquizada de mirar lo masculino y lo femenino, el defender lo “natural” de la jerarquía del varón era de utilidad para mantener y justificar un cierto estado de cosas.

En cierto momento, quien denunciaba a la potestad marital como inadecuada y abusiva y a la supuesta superioridad masculina como resultado de ciertas convenciones sociales, era tratado como amenaza para la estabilidad familiar y un peligro para toda la sociedad. Estaban luchando contra la naturaleza misma. ¡Insensatos! ¡Confundidos¡

En estos meses, al igual que sucedió en la Asamblea Constituyente del 2008, hemos podido asistir nuevamente a un debate en que la idea de lo “natural” se ha usado para imponer normas por encima de cualquier consideración de protección y garantía de derechos.

Las disposiciones sobre género, sexo y apellidos de la próxima Ley de Gestión de Datos de la Identidad y Datos Civiles, al igual que las disposiciones constitucionales sobre el matrimonio y la adopción, han sido aprobadas a contramano de los avances que sobre estas materias se han dado en muchos lugares del mundo, manteniéndose un estado de cosas discriminatorio, a partir de la confusión entre un supuesto orden natural y preferencias morales, preferencias que se convierten en modelos de comportamiento para todas los miembros de una sociedad. Efectivamente esta es una “ley de la confusión”, pero no por las razones esgrimidas por quienes así la llaman.

@farithsimon