León Roldós

Y ahora, ¿qué?

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Es la interrogante más repetida de los días recientes, no solo de los partidarios del gobierno y/o de los contradictores, sino, sobre todo, de quienes acostumbran mantenerse indefinidos en política usando frases, “prefiero no meterme en nada, ni opinar” u otras similares. Ahora hay preocupación de que se multipliquen formas de pesquisa, inquisición y/o represión.

Es verdad que sectores de ingresos medios y bajos sufrieron la crisis de la deuda de fines de los años noventa del siglo XX, pero con la dolarización sintieron una base de estabilidad. Los que salieron del Ecuador comenzaron a retornar y a invertir para mejorar su calidad de vida y dejarles a sus hijos empresas o bienes que les permitieran no vivir las miserias del ayer. Para nada ven con agrado, que su eventual éxito y prosperidad tengan al Estado como principal beneficiario.

Más que odio de clase, los sectores de ingresos medios vienen buscando incrementar los suyos y los de ingresos bajos, mejorarlos.

Ponerle un tope a un patrimonio que herede un hijo de su padre en USD 566 400, en que pagaría el 21,72%, como base, y sobre cualquier excedente el 47,50%, no se entiende como una equidad forzada, sino como una confiscación para el gasto público y el dispendio del entorno gobernante.

Para los ecuatorianos la opción de mejorar en el sector privado, como fuente de trabajo o como espacio de inversión, es lo más deseado. Hay ciudadanos que hacen carrera en el sector público en forma muy honesta, pero también existen argollas que son nichos de corrupción, sobreprecios y de utilización política por quienes son poder.

Abusar de ser del entorno del poder –la nomenklatura la llamaban en los países soviéticos- puede significar enriquecerse, pero éticamente genera rechazo.

Por eso, cuando se multiplican decisiones o propuestas generadoras de inseguridad jurídica y económica, y se proponen y se quieren imponer cosas sin sustentación o fundamentación, del miedo se pasa a la reacción que también –en ocasiones- se expresa con violencia en los hechos y en las palabras.

Hoy, el Ecuador no parece un país para confiar. Llevar las cosas, a que “nos veremos el 2017”, es un aviso de que la confrontación sustituirá –para mal– a la generación de confianza, a más de que después de los episodios alrededor del Consejo Nacional Electoral, en los intentos de consultas populares, hay la percepción de que éste siempre torpedeará todo lo que pueda poner en riesgo la voluntad del gobernante.

¿No será deseable que en la invitación para el diálogo público del Ecuador que queremos, no sólo se limite éste a la redistribución para la supuesta equidad, sino que también se extienda a la generación de confianza para expresarse en libertad, aun cuando se piense diferente, y para invertir?