Antonio Rodríguez Vicéns

Sobre lenguajes y microbicidios

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2 de September de 2014 00:00

No coincido con quienes sostienen que el lenguaje es un fenómeno secundario, de estilo, meramente formal. Ningún lenguaje es inocuo. Más allá de sus múltiples usos, expresa y refleja una realidad, un entorno y, por tanto, una visión del mundo. Varía de una época a otra, de una región a otra, de una profesión a otra, de una persona a otra. El lenguaje de nuestro gobernante es la manifestación de su universo interior, de sus concepciones vitales, de su actitud hacia los demás, de sus formas de sentir y de vivir. Además de su vulgaridad y su simpleza -supuestas cualidades populares-, de su intención de agredir, de su carencia de hondura, sutileza e ironía, contiene, en la práctica, altas dosis de agresividad y violencia.

Leamos: “¿Cómo ustedes creen que si uno ve a un payaso psicópata como Emilio Palacio -que además me da por el ombligo a mí, sería un microbicidio-, ¿ustedes no tienen ganas de caerle a patadas a un tipo así?”. Tener eventualmente razón no significa poseer el supuesto derecho, garantizado por la impunidad del ejercicio hegemónico del poder, con burócratas sumisos e incapaces de cumplir sus obligaciones y de hacer respetar la ley, para insultar y ofender, mofarse e incitar a la violencia. ¿Qué es entonces llamar a una persona “payaso psicópata”, o microbio, y expresar las “ganas” (transferidas a quienes lo escuchan) de “caerle a patadas”? ¿Es un defecto ser bajo de estatura, o ser, por ejemplo, alto, miope o calvo?

La lectura de estas expresiones me ha recordado dos conocidas anécdotas de otro político, Winston Churchill, quien en su época también tuvo una “imagen de liderazgo mundial”. Lady Astor, la primera mujer que ocupó un escaño en el Parlamento británico, durante un debate, le dijo: “Si yo fuera su esposa, pondría veneno en su café”. Churchill le replicó: “Si yo fuera su esposo, me lo bebería”. George Bernard Shaw -nada menos- le envió dos entradas para el teatro con una nota de invitación: “Venga a mi comedia y traiga a un amigo, si es que tiene un amigo”. Churchill le contestó con un breve agradecimiento: “Tengo un compromiso para el estreno, pero iré a la segunda representación, si es que hay una segunda representación”.

Aunque las circunstancias son distintas, comparemos actitudes y lenguajes. La actitud de nuestro gobernante es agresiva y violenta y su lenguaje es burdo y grotesco, con signos de resentimiento y revanchismo. He leído sus expresiones con indignación y vergüenza. La política se ha convertido en un campo de batalla y de aniquilamiento. El crítico debe ser destruido. En las respuesta de Churchill, ingeniosas y de fina y sutil ironía, señorea la inteligencia. Las leemos con una sonrisa y sentimos que en el fondo, juguetona, refulge la alegría. Todos tenemos derecho -no se diga un gobernante- a defender nuestros actos y nuestra verdad con pruebas y argumentos. Con firmeza y altivez. No con insultos y agravios.