Susana Cordero de Espinosa

La lengua en que morimos

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Contento 15

Historia de un intruso, de M. Antonio Rodríguez y los cuentos que la acompañan bien merecían la bella y cuidada edición en que hoy aparecen. Este libro-objeto nos trae textos atormentados, junto al humor y la melancolía de las palabras y los dibujos del eskritor, con ka, y pintor, Miguel Varea.

Vaya este paréntesis indispensable ante la fuerza atroz de la lectura y relectura del texto principal de Historia de un intruso, el cuento de este título. Aunque los otros cuentos publicados en esta antología merecen nuestra viva atención, la fuerza del citado es tal, que subsume el sentido, el ruido y el milagro de los demás.

El texto más corto de este libro editado en hojas tamaño A4, páginas internas de papel cuché mate, con la portada y los dibujos de Varea en cartulina, que tanto importa a nuestros vista y tacto, es la dedicatoria del mismo Miguel al eskritor, que reproduzco, como feliz ilustración de los lectores de este suceso editorial recién presentado, y como un prólogo de paz ante la orgía de incertidumbre, oprobio y poesía que se nos viene encima.

“Antero y el alter ego, súper ego, infra ego y todos los egos posibles entraron en mi pobre korazón de rata reprendido y reapagado por el monseñor de mi aterrorizada infancia ke aparece en esta historia llamada de un intruso apaciguada por la señora Aguedita tal kual la señora Michita de Santo Domingo, mi bisabuela, kon Luz María y la tía Luzmila ke eskuchaban el silencioso piano de don Manuel para luego vomitar baktracios y más sapos komo el pekoso Soliz o el pipón Mediavilla maravillados también kon la preciosa desnudez de Gabriela y la oskuridad recién lavada de su pelo. Es lo ke bueamente puedo dar fe luego de esta más ke maravillosa inefable lektura”.

Y me precio de haber reproducido tal cual la anti- ortografía de Miguel Varea, tan poco akadémica, porke la voluntad de arte lo acepta todo; y hasta le doy pensando que empiece a eskribir Barea con be larga, y zapos y bizabuelas e intruzos con respectivas zetas de zapo, pekozo y zolitario, que es la única forma de resarcirse y vengarse del idioma que nos mata o en que morimos, porque nunka, ni con ka, akabamos de decir lo que somos y lo que no somos; aunque él, Miguel Barea tiene además de la ka, su arte; y akí me enkuentro kopiando sus palabras pero no sus dibujos, y de repente me llaman al teléfono para diktarme la receta del jugo de babako, y copio aki mismo para no olvidarme porke todo es vida y es palabra y después, nadie sabe adónde ni paraké: kortar en pedacitos el babako y añadirle dos bazos de agua y azúkar y komprar esos jugos elados y, deshelados, mesclarlo al agua del babako en pedazos.

Y ke Miguel y usted me perdonen, porke kontagiada de su forma de eskribir las palabras riéndose de él mismo y yo de mí misma, pues toda risa komienza en nosotros, voy a busKar las mías al fondo de esta horrible melankolía que me dejó la lektura y relektura de los kuarenta años del libro de Rodríguez, ese intruso que es el eskritor en nuestras vidas…