Monseñor Julio Parrilla

¡Qué lejos quedan los pobres!

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Especialmente en esta democracia híbrida, saturada de empobrecidos, informales y subsidiados, en la que todavía miles de personas esperan una casa, un trabajo adecuado, una oportunidad,…

Es chocante que nuestros líderes surjan de procesos electorales y que hasta los corruptos sean elegidos por votación popular. No entro a definir si la década pasada fue ganada o perdida. Sólo sé que controlando el poder judicial y los medios de comunicación, provocando la autocensura, intimidando a los contrarios y construyendo un nuevo capitalismo de corruptos desalmados, los políticos se han ido alejando cada día más de los pobres.

Y mientras la cosa está que arde (crisis, deuda, denuncia, comunicados y puñaladas) los pobres apenas sobreviven entre el grito desesperado de ayuda -la crisis es de todos- y la amenaza de volver a empezar recuperando los sueños y las pesadillas del 2007. Ninguno de los pobres de mi tierra empobrecida, de este Chimborazo anclado en el tiempo, tiene mucho que decir sobre la feria de millones que les han robado.

Los mismos que robaron, o que consintieron el robo, son los que ahora, personalmente o por medio de sus abogados, hablan sin parar. Es la manera de seguir enquistando el debate entre democracia y revolución. Pasan los meses y todavía no sabemos quién se llevó el santo y la limosna. Pero, eso sí, palabras no faltan.

Malo sería que en el debate sobre la corrupción cada uno tratara de defender su trinchera. Es lo que ocurre cuando los cantos de sirena vuelven a sonar con fuerza, planteando lealtades a líderes, principios y usos del pasado. En este momento importa, sobre todas las cosas, el bienestar de nuestro pueblo y el imperio de la ley. La miseria de la corrupción no es sólo el dinero robado, sino la subcultura que se crea, que supedita la dignidad de los pobres a la codicia de los depredadores.

Por eso, la autoridades se les exige que pasen de las palabras a los hechos y cautericen cualquier atisbo de impunidad. Ojalá que los fundamentalistas comprendan que la única manera de defender la revolución es defendiendo la misma democracia. Quizá, con tanta perorata, lo que se quiere es tapar lo fundamental: el cuestionamiento del modelo económico y político, la dimensión de la crisis, la deuda y la misma corrupción.

Y, sobre todo, la vida empobrecida e hipotecada de tantos hombres y mujeres, mudos de solemnidad. El sainete rosa no ha hecho más que comenzar. Nos esperan tiempos recios y complicados, difíciles de afrontar si, frente a la deuda económica que padecemos, nos olvidamos de la deuda ética y social.

A caballo de la crisis, la corrupción y los recortes, los pobres seguirán siendo más pobres y los ricos más felices de serlo. Así, sobrevolando un billete, una mosca le dijo a otra: “¡La de porquería que hay en el dinero!”. A lo que respondió: “¿No es maravilloso?”.