Grace Jaramillo

El legado Fujimori

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La elección presidencial peruana tiene un tufo a pasado que es impresionante para quienes lo ven desde fuera. Las dos candidaturas que pasaron a segunda vuelta aseguran la permanencia y consolidación de un régimen económico neoliberal que tal vez solo tratará de mejorar levemente programas sociales que no acaban de despegar desde que empezó el fujimorismo. Eso está por descontando.

Si acaso la diferencia en el tema económico es Pedro Pablo Kuczyinzki (PPK) y la tecnocracia, que ha sostenido por décadas las instituciones liberales, ofrece más garantías de alejarse de prácticas clientelares que han permeado –también por décadas- los programas estatales, sean estos de desarrollo productivo y descentralización o de asistencia social.

Pero lo que verdaderamente está en juego con la elección presidencial de hoy es la democracia y, más precisamente, si las bases republicanas asentadas tras la caída de Alberto Fujimori y la presidencia de transición de Valentín Paniagua en el 2001 tendrán otra oportunidad o si –por el contrario- los peruanos votan por una vuelta al autoritarismo fujimorista.

Como ya lo escribía el politólogo Martín Tanaka, con Keiko, el fujimorismo cambió de rostro pero no de prácticas. Desde la estructura de partido-movimiento hasta las ofertas de campaña tienen un tufo terrible a ese pasado donde un gobierno corrupto y autoritario reinó por 10 años. Para solo poner el ejemplo más insólito que demuestran estas acusaciones: el secretario general del partido de Keiko –Fuerza Popular- y el rector de la universidad fujimorista Alas Peruanas, Fidel Ramírez, están acusado de lavado de activos por la DEA. El candidato a vicepresidente de Keiko, Alberto Chlimper –ex ministro fujimorista- manipuló audios para defender al secretario acusado, al mejor estilo de Vladimiro Montesinos. Detrás de Keiko está toda una red de economía informal tránsfuga cuyo objetivo es capturar el Estado para caminar al filo de la ley.

Esto es muy claro para todas las fuerzas políticas del país. Tanto que desde el Frente Amplio de Verónika Mendoza hasta Alejandro Toledo se han movilizado contra la amenaza fujimorista y han llamado a votar por PPK, sobre todo para resguardar la democracia. Los medios de comunicación en su mayoría han hecho lo mismo. No se diga loas académicos.

Lo peor que se puede decir de PPK es que es un consumado tecnócrata neoliberal, pero la amenaza de otra década Fujimori es realmente impensable. Lo peor de todo es que hoy esa amenaza tiene todas las posibilidades de convertirse en realidad. La única manera de dejar ese pasado atrás es tender fortalecer un régimen de partidos, en el cual al consenso sobre el manejo económico se añada un consenso por la inclusión social y la redistribución.

De lo contrario, siempre habrá fujimoristas listos a explotar la pobreza y la exclusión para su mejor beneficio.