Susana Cordero de Espinosa

La lectura y el yo

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Un texto no es solo él mismo. Es un entramado de voces, entretejido de hilos que guían nuestra memoria, y su riqueza se cifra en su capacidad para provocar en nosotros una serie de ecos, de sendas por las que transitar hacia otras lecturas, hacia otros pensamientos…”, dice el prólogo del libro Don Quijote, el lector por excelencia, de la profesora Asunción Bernárdez. El eco de la riqueza textual se acrecienta en cada lector, al guiarlo hacia ese ‘otro yo’ que espera en toda experiencia de lectura personal, mostrarle sus límites y procurarle la ilusión de llenar alguna de sus carencias.

Don Quijote es el apasionado lector de libros de caballerías, lectura que origina su enajenación. Cervantes creó a su personaje para procurar en sus lectores el rechazo de los malhadados libros, aunque en la burla de los afanes quijotescos, no olvida que don Quijote, cuando prescinde de su búsqueda del bien a la manera de los caballeros andantes, es el más inteligente, sabio y cabal de entre los amigos imaginarios o reales, con quienes podemos contar.

La palabra lectura se refiere, tanto a la interpretación del sentido de un texto escrito, como a la de ‘cualquier tipo de representación gráfica’, al descubrimiento de sentimientos y pensamientos ocultos en infinitas formas de expresión, Así, el personaje a quien admiramos luce hoy en la sede de la Academia de la Lengua en pinturas y esculturas de singular factura, y muestra cómo el arte se alimenta del arte, y la palabra se carga de nuevos, inagotables sentidos.

El título de la exposición, “Cervantes en paz tranquila y en provechoso sosiego”, corresponde al capítulo LXIV de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, cuando el hidalgo, vencido por el caballero de la Blanca Luna, acepta volver a su lugar y, por el tiempo de un año, ‘no echar mano a la espada’ y vivir en aldeana tranquilidad. ¿A quién aplicarlo, mejor que a Cervantes, luego de su ajetreada, cautiva, encarcelada, batallada y azarosa vida?

En nuestra antigua casa de palabra y cultura, se halla el sosiego de las interpretaciones que de don Quijote hicieron nuestros artistas. Cervantes, cual un espectador más, humilde y sereno en su bien lograda fama, que abrió la belleza de nuestra lengua a infinitas posibilidades de expresión, con recóndita sonrisa, como una sombra en el ‘irreparable tiempo’, asiste a nuestro conmovido homenaje.

Gracias, amigos expositores; gracias a Inés Flores, curadora de arte, y a su equipo, con palabras cervantinas, como debe ser: “el agradecimiento que solo consiste en el deseo es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras. Por esto querría que la fortuna me ofreciese presto alguna ocasión donde me hiciese emperador, por mostrar mi pecho haciendo bien a mis amigos”.

Este acto de memoria nos trae la alegría de constatar la presencia de la obra cervantina, y la melancolía por los que viven sin la lectura de don Quijote, que es, como la de toda obra que trasciende, una forma rica e inspiradora de leer nuestra propia vida…

scordero@elcomercio.org