Fernando Tinajero

Una lección de Benjamín

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En uno de los mejores ensayos que se han escrito sobre Benjamín Carrión, Alejandro Moreano afirma con razón que el gran escritor lojano fue, como Montalvo, “el representante político del movimiento intelectual y, a la inversa, el representante intelectual del movimiento político más importante del Ecuador contemporáneo”. Señala, además, que los dos libros más valiosos de Carrión son, efectivamente, libros políticos: “Atahuallpa” y “Cartas al Ecuador”.

No estoy muy seguro del valor que se atribuye al primero de estos libros, pero este no es el lugar para ventilar mis objeciones. Concuerdo, en cambio, con la atribución de un valor sustancial al segundo. Nacidas como una serie de artículos, las “Cartas al Ecuador” fueron publicadas por el diario El Día y reunidas después en un breve volumen (1943). Bajo su tosca apariencia, Carrión tocó en sus páginas asuntos medulares de nuestro vivir republicano. Hoy quisiera recordar la tercera de esas cartas, que versa sobre “El clima humano nacional”.

“…me parece recordar –escribe Carrión– que el Ecuador es un país que no se ha dejado ni se deja ‘hacer el… tonto’: Las más grandes rabias populares se han producido cuando ha llegado a convencerse de que se está jugando una comedia de engañifa y triquiñuela, cuando al pueblo ecuatoriano se le ha hecho la más grande ofensa: creerlo imbécil.”

Duras palabras, por supuesto. Los puntos suspensivos son en ellas esenciales, porque subrayan, más allá de toda duda, el carácter de eufemismo que tiene el vocablo “tonto” –un eufemismo que expresa el respeto a los lectores que siempre tuvo Benjamín. Al volver ahora a esas palabras, las siento tan frescas y actuales como solo pueden ser las palabras verdaderas. Palabras oportunas, además. Cuando leemos o escuchamos la novedad que cada día nos trae el auténtico y repugnante culebrón de una empresa extranjera y sus solícitos servidores locales, sabemos que hay alguien que no dice la verdad, porque las diversas declaraciones que se contradicen mutuamente no pueden ser todas verdaderas.

Nos preguntamos entonces: ¿quién está tratando de “hacernos los…tontos”? La sociedad entera está exigiendo ahora la verdad sin dilaciones ni pretextos. Nadie debe usar las dilatorias que ciertos abogados han aprendido a practicar hasta llegar al virtuosismo; nadie debe ampararse tampoco en el debido proceso para dar largas a la revelación definitiva. La conciencia colectiva merece respeto, y nadie debe olvidarlo –menos todavía quienes han recibido en el voto la confianza ciudadana: defraudarla es también corrupción y tiene su castigo, ese castigo moral que puede dar un pueblo.

Hay que aplaudir, por lo tanto, las expresiones y actitudes del Presidente, que también está dando una lección: con una firmeza que nadie sospechaba al mirar su sonrisa, también él está exigiendo el castigo que merecen aquellos que, según sus palabras, han querido “llevarse el Ecuador” como un botín mal habido.