Fernando Tinajero

Una lección de Antígona

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El mundo griego ha ejercido sobre mí una extraña fascinación que de tiempo en tiempo me devuelve a viejos textos, cuya lectura comenzó en los últimos años de mi formación secundaria para ser luego continuamente renovada, pero no solo por el placer que comunican, sino además por las lecciones que envuelven. Por eso he decidido en estos días volver a una de las tragedias supremas de Sófocles, sin duda el más completo de los trágicos de aquella cultura prodigiosa. Hablo de Antígona, que fue presentada en la Olimpiada del año 442 a.C., pero aún hoy sigue ejerciendo su irresistible seducción por el lejano ambiente en que transcurre, tan cercano a nosotros sin embargo.

Como es habitual en sus obras, en ésta no presenta el poeta los conflictos humanos desde el punto de vista de los dioses, sino desde el propio interior de los personajes. Y como es habitual también, no pretende explicar el dolor humano acudiendo a genealogías ni progenies en las cuales habría de cumplirse el implacable o caprichoso destino decretado por los dioses, sino su dominio inevitable que se cumple a través de las decisiones de los personajes.

En efecto, en Antígona no tienen ninguna relevancia el hecho de que ella sea hija de Edipo ni la circunstancia de que su hermano Polinices haya encontrado la muerte en el duelo que libró a las puertas de Tebas contra Etéocles, que también es su hermano, puesto que una vieja maldición les ha condenado a luchar incesantemente por el trono. Todo el peso dramático se concentra en la prohibición de enterrar a Polinices decretada por Creonte (rey de Tebas pero también tío de los combatientes y de la propia Antígona), por considerarle culpable de haber luchado contra su patria. Este episodio, derivado de una antigua leyenda argiva, se fundaba en la creencia de que el alma de quien permanecía insepulto no podía encontrar ningún reposo.

Pero Antígona desafía la prohibición, y sale de la ciudad completamente sola, para llevar a cabo los ritos funerarios y enterrar simbólicamente a su hermano. Cuando regresa es interpelada por Creonte: ¿por qué no se ha sometido a un mandato real? Su motivación es muy sencilla pero indiscutible: al obedecer a su tío rey, habría faltado a la obediencia a los dioses, que imponen el mandato superior de la piedad. Acepta serenamente el castigo, que consiste en ser encerrada para siempre en una tumba, y sin esperar la muerte lenta que se le ha impuesto, se ahorca. Su novio, Hemón, hijo de Creonte, se suicida también al conocer estos hechos, todo lo cual trae el arrepentimiento final de Creonte.

Basta reemplazar la prohibición de Creonte por el concepto de ley injusta (o decreto, resolución, mandato), así como la antigua noción de la virtud ordenada por los dioses por el concepto moderno de derechos humanos, para encontrar la profunda lección que se envuelve en los sonoros hexámetros que todavía me fascinan. Es una lástima que los gobernantes de hoy no se den tiempo para leer a los clásicos.

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