Alfredo Negrete

¡Qué lástima…!

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30 de June de 2011 00:01

Fueron las primeras que se atrevieron a pisar la Plaza de Mayo y desafiar a la más cruel y funesta dictadura de América. Había que tener mucho valor para un reto tan grande. Pero lo hicieron. Fueron pocas. Se les ocurrió cubrir sus altivas canas con un lienzo de muchas lecturas. Quizás era un pañal por sus desconocidos nietos; un pañuelo de los que se izan en las despedidas o simplemente la protección contra el viento y el frío del terror. ¿Quiénes eran las que osaban demandar a la católica y nacionalista revolución? Eran madres y abuelas que reclamaban indefensas por sus hijos y nietos apresados, torturados, desaparecidos o nacidos en cautiverio. Fueron las primeras y, para los ecuatorianos una bofetada, pues eran tiempos en que observamos indolentes, cómo circulaban en nuestras calles vehículos con ignominiosos impresos que afirmaban que los argentinos pro dictadura eran ‘derechos’ y ‘humanos’. Impune y sangrienta ironía.

Hoy, como dice el viejo tango de Le Pera y Pettorossi “el tiempo ha pasado…” y -extraña suerte la del pueblo argentino- aquellas valientes mujeres que salieron a enrostrar a la terrible dictadura, cuando otros no se atrevían por un justificado temor a la tortura, están envueltas en un escándalo económico que sacude y confunde a la razón.

En América Latina no debiera sorprender que cuando hay regímenes populistas con muchos recursos, la corrupción no puede estar ausente, incluso de las mejores causas. Esas organizaciones, las más emblemáticas, han recibido fondos de caridad clientelar del Gobierno peronista de turno y, por supuesto, hubo diligentes administradores que saben de los pecados del arca abierta.

La justicia, que es precaria en estos países, donde el poder subsume a todas las funciones ojalá aclare, juzgue y sancione. No olvidemos -ya lo dijo García Márquez en su discurso al recibir el Nobel- sobre lo imposible que sucede en este continente. Por ejemplo, que en el Ecuador se pueda engullir y digerir cheques o incautar medios de comunicación y no venderlos nunca. Ojalá que en el caso se aclare y no quede mácula sobre las emblemáticas madres y abuelas que se atrevieron a mostrar su dolor y su ira ante la Casa Rosada de Buenos Aires.

Las conocimos pues estuvieron en el retorno a la democracia que hoy dilapidamos sin moral y desparpajo; incluso, compartieron con algunos que luego mutaron su ideología por la seducción de la burocracia fácil y deben tener vergüenza de sostener una guitarra y susurrar las viejas letras de Violeta Parra o Mercedes Sosa.

Algunos nunca estuvimos los jueves con ellas frente a la antigua morada de los represores. Sin embargo, existe el valor para alentarlas y que en un mancomunado acto de amor a la humanidad, regresemos a la tumba de Ernesto Sábato y repetir el título del informe que rompió la impunidad: “Nunca Más… Nunca Más…”