Fabián Corral

Las premisas

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La democracia no es un combate en el que ganan unos y pierden otros los derechos y las esperanzas. La democracia no da origen a gobiernos absolutos ni a legisladores con potestades infinitas; tampoco genera minorías sin voz. La democracia es un sistema político en el que la fuerza –el poder- queda sometido a reglas de juego claras, al Derecho; y sujeto a la obligación de honrar los valores morales de credibilidad y tolerancia. Y todo ello porque en ese régimen se ejercen potestades prestadas, ya que el dueño del poder es ese conglomerado de habitantes del país que se llama pueblo.

La credibilidad y la tolerancia son premisas y desafíos que condicionan a la política, tanto más si la mitad del país no votó por los gobernantes, y si esa mitad está constituida por seres humanos con derechos, aspiraciones, libertades y patrimonios, con valores y creencias. El tema fundamental radica en que gobernantes y legisladores lo son de todos los habitantes. El presidente de la República es, además, presidente de los “otros”, de los adversarios electorales, y eso plantea un enorme reto de comprensión y generosidad, de grandeza, y de capacidad para interpretar el complejo entramado social que está detrás de los votos. Las mayorías legislativas, de igual modo, están obligadas a expresar la voluntad del país, que no es exclusivamente la de sus electores. Están obligadas escuchar y a asumir que la ideología no suplanta ni deroga lo que una enorme cantidad de personas aspira.

La credibilidad es un desafío que, en cualquier actividad, se gana con los diarios testimonios que acreditan a las personas, a los estilos, a las ideologías. La credibilidad tiene que ver con el triunfo de la inteligencia política, necesaria para interpretar las dimensiones del poder en una sociedad dividida, y sus complejidades y dificultades. La credibilidad camina siempre por la vía de la humildad y del respeto.

La tolerancia es la sustancia ética de la democracia. Tolerancia frente a la diversidad social, a las discrepancias políticas, a las visiones de grupo, a las aspiraciones regionales y a los conceptos culturales. Tolerancia dentro de las reglas, con sentido de equidad, pero, ante todo, bajo el concepto de que los otros, cualquiera que fuesen, tienen derechos y legítimas aspiraciones a vivir libremente en forma distinta, a creer en otros dioses o en ninguno, a tenerle a fe a otras doctrinas. Tolerancia que implica vocación para escuchar y generosidad para concederle razones al otro, para aceptar que la exclusión erosiona irremediablemente a la República, menoscaba el sentido de país, entendido como sitio de encuentro, y no como espacio de disputas. En Venezuela, la democracia se ha pervertido precisamente por la intolerancia, que convoca a la fuerza como única herramienta de relación social.