Enrique Echeverría

Las pasiones en la política

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 9
Triste 7
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 55

Las pasiones están presentes y actúan en la vida diaria de los humanos. Pero actúan –y con fuerza- en la actividad política.

Conforme transcurre el periodo electoral, el nivel de las pasiones –positivas y negativas- aumenta y puede tornarse peligroso.

En lo positivo, la simpatía –ubicada entre los estados pasionales- es actitud afectuosa, tendencia a proteger. Evoluciona, en su carácter de protección, a la admiración del candidato, hasta llegar al extremo de la idolatría.

En el grupo humano opuesto también juega la simpatía por su candidato. En esta divergencia surge la pasión colérica, capaz de trascender la esfera intelectual y avanzar al estado pasional del odio, pudiendo llegar a la agresión destructiva directa. La Psicología califica al odio como la “cólera en conserva”.

¿Cómo comprender la influencia de esta pasión en el caso del holocausto del General Eloy Alfaro y sus compañeros de sacrificio?

No olvidemos los centenares de muertos durante la llamada Guerra de los Cuatro Días que ensangrentó las calles de Quito, por política.

Más recientemente, el Dr. José María Velasco Ibarra contaba con la idolatría de sus partidarios, al extremo que no tuvieron ningún reparo en enfrentarse con los del candidato opuesto y el resultado fue seis muertos en el choque que ocurrió en el parque de la Alameda.

Cuando se desarrollaba la campaña con el Frente Democrático, ¿qué pasión determinó que en la Plaza del Teatro ocurriera un enfrentamiento inclusive a bala, en el que murió José Paucar? De aquel episodio puedo dar razón porque, junto con Juan Paz y Miño Cevallos, en nuestra condición de periodistas estuvimos en el lugar, para informar en amplitud a los lectores.

En lugar menos violento, el ser humano es presa del estado pasional de la venganza; y no haciéndola efectiva, surge el estado pasional del resentimiento que termina por el paso del tiempo bajo la convicción del resentido de que “no vale la pena dar tanta importancia al enemigo”
En las actuales elecciones, es probable que no ocurra ningún incidente similar. El público no se enfervoriza como para desafiar semejantes peligros.

Dos suposiciones a este respecto: hay desencanto del torneo electoral, que no aparece intachable y de los partidos y movimientos políticos que intervienen. ¿O, acaso, se puede atribuir esta pasividad a una conciencia sobre la necesidad de la vigencia de la democracia completa, bastante atropellada en los últimos años?

Para quienes estamos en la clase social y económica menos favorecida, no hay mucha esperanza de que cambie el trato que recibimos del poder.

Al parecer, la misión de los ubicados en la clase media baja es trabajar y trabajar para subsistir y … pagar impuestos, a fin de que unos pocos iluminados los administren, con altos sueldos, viajes y todo cuanto se atribuye al “buen vivir”.