Columnista Invitado

La señal de Caín

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Aura Lucía Mera 

Recuerdo el título. No al autor. Fue publicado hace muchos años por Siglo XIX. Un ensayo en el cual se trata de explicar esa bestia que habita en cada uno de nosotros y que, cuando se sale, no tiene límites.

Igual recuerdo unas estrofas del gran poema de Unamuno sobre El Cristo de la Tierra, que escribió, impactado y estremecido, al ver ese Cristo, trozo de madera momificada, venerado en el Convento de Santa Clara en Palencia aludiendo a la culpabilidad de Dios “ ...por haber hecho al hombre. Y con el Hombre la maldad y la pena” y finalizando en la súplica... “Cristo del cielo... redímenos de este terrible Cristo de la Tierra...”.

Cuánta barbarie en la Alemania de Adolfo Hitler. Millones de judíos, gitanos, hombres mujeres y niños carbonizados en los hornos crematorios.

Cuánta barbarie durante el régimen de Iosif Stalin, descubiertos a la luz pública a través de los escalofriantes testimonios en los libros de la Premio Nobel de Literatura, Svetlana Alexiévich : ‘Voces de Chernobil’, ‘Las mujeres no van a la guerra’ y ‘El fin del Homus sovieticus’.

Cuánta barbarie en las guerras inventadas por Estados Unidos en Vietnam, Iraq, Afganistán, Japón, estas sí con armas químicas, para después ignorar a sus soldados, que regresaron locos, drogados y desadaptados. Jóvenes obligados a matar en países extraños, sin saber muy bien por qué. Basta leer que la mayor tasa de suicidios en Norteamérica se asocia con veteranos de esas contiendas, y muchos condenados a la silla eléctrica por haber matado después en su propio país. Se cree que en este momento hay más de 200 exsoldados esperando encadenados en los corredores de la muerte...

Cuánta barbarie en los atentados de los terroristas del grupo EI, que asesinan y se autoinmolan a sangre fría y decapitan frente a cámaras de videos...

Cuánta barbarie en Colombia durante más de medio siglo.....Victimarios políticos. Guerrilleros que prostituyeron sus ideales, los paramilitares, el Ejército, las bandas criminales...

Siempre los muertos los pone el pueblo.

Los generales, los caudillos nunca van al frente. Los ricos viejos mueren de infarto, gota o alzheimer; los jóvenes, en accidentes de deportes extremos. Son nuestros hermanos globales del campo, los desheredados de la tierra, los que mueren, los que riegan la tierra con su sangre...

Los sistemas cambian. Los muertos se olvidan... Lo único que permanece inmutable en nuestros genes parece ser la señal de Caín, ese monstruo, esa bestia que nos habita a todos.

¡Vivir en paz, aceptarnos, tolerarnos y respetarnos es más difícil que matar!