Thalía Flores y Flores

La peor pesadilla

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La estrategia de jugar al despiste para evadir la realidad no podía durar mucho tiempo, los hechos se imponen mostrando su crudeza. Los últimos atentados en Esmeraldas, con el saldo doloroso de tres infantes de Marina muertos y varios heridos, así como el secuestro de periodistas, han sido un golpe brutal para Ecuador, llamado hoy a recobrar la conciencia de cara a dos de sus peores enemigos: el narcotráfico y el terrorismo.

Por negligencia, prejuicios o ideología, las autoridades evadieron encarar el escenario ecuatoriano del posconflicto luego de los acuerdos de paz entre el gobierno y las FARC de Colombia, aunque desde varios frentes se advirtió sus efectos para el país y la región. Hoy, cientos de guerrilleros y milicianos que no se acogieron al perdón han formado los Grupos Armados Organizados Residuales (GAOR), dedicados al narcotráfico y al terror, parte de las numerosas organizaciones delictivas que allí operan. Los carteles de la droga y los grupos criminales son un rompecabezas para Colombia. Se disputan parte de su geografía. En Tumaco, al otro lado de Mataje (Esmeraldas), hay una guerra por el control territorial con un nivel de violencia atroz. Como los cultivos de coca han aumentado -el Sistema de Monitoreo de Cultivos Ilícitos de Naciones Unidas estima 150 000 hectáreas- sacar esa droga a los mercados de EE.UU. y Europa es causa de sangrientas refriegas entre las mafias debido al dominio de los carteles mexicanos.

Los narcos son el mayor peligro regional. En Ecuador hay corredores por los que circula la droga y las capturas suman toneladas; también operan carteles pero solo se admite cuando caen avionetas y se halla dinero y droga con el sello de las organizaciones. Es urgente encarar este flagelo, pero Ecuador carece de una estrategia. El correísmo desarmó la estructura militar que se ocupaba del combate. El país está en grave riesgo.

Una mirada a México sirve para entender la dimensión del desafío. Los carteles penetran instituciones, corrompen jueces y autoridades, infiltran agentes, secuestran, controlan el circulante y se apropian de territorios. Una nueva Doctrina de Seguridad se impone, pero hace falta liderazgo.

La Asamblea Nacional que enfrenta sus propios demonios tiene que sobreponerse y actuar. Debe indagar si hay operaciones de interceptación en el mar, quién controla las playas y las provincias amazónicas; si funcionan ya los radares y quién hace la inteligencia estratégica que la Senain, que manejó USD 310 millones, no lo hizo.

El presidente Moreno debe solventar las carencias de las FF.AA. debilitadas y acosadas por Correa. Pero, sobre todo, hacer un riguroso examen de los ministerios y puestos claves que tienen que ver con la seguridad, para evaluarlos y, superando ideologías y compromisos políticos, hacer cambios y poner a expertos, sabiendo que de ellos depende el futuro de Ecuador que hoy enfrenta su peor pesadilla.