Jorge León

El laicismo, la persona y el Estado

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20 de April de 2014 23:30

Los conservadores están de regreso y se alimentan de una religión de antes y de nacionalismo primario. No solo Reagan o el Tea Party en Estados Unidos compiten por mayor afirmación de lo arcaico, lo hacen gobernantes Partidos Conservadores, o la extrema derecha europea o Provida. El neo-conservadorismo se presenta moderno y reivindica el futuro, es su fuerza, y se vuelve parte de acciones de los que fueron contrapuestos.

No es solo en el mundo islámico que en nombre de dios se quiere normas, gobiernos y sociedad a imagen del creyente que hipotéticamente vive según algún precepto divino, quiere frenos para los que no lo imitan y ve amenaza en los que no son de su mismo origen. Crecen los que quieren más ritos y textos sagrados antes que ética o moral. Si esto se viviera en la privacidad sería parte del pluralismo social pero ahora todos quieren que los gobernantes estén de su lado.

El laicismo y los cambios de los 60-70 están amenazados. Lentamente se desmonta el valor dado al individuo en tanto persona independiente, más allá de su familia o antepasados; fue una revolución que la mujer se libere de ser simple reproductora, que salga del hogar, gane un espacio en la sociedad pública y pueda no ser presa del matrimonio que era su círculo infranqueable. No por azar para el feminismo el cuerpo de la mujer le pertenecía a ella, no a la familia, ni al marido, ni a la sociedad. Hoy pocos enfrentan a las ideas de volver la mujer al hogar, en lugar de cambiar al hombre; o a solucionar los "males sociales" con el regreso a la familia tradicional y el rezo, sin ver los negativos impactos de cambios que descomponen nexos sociales en barrios, trabajo, política, ideas.

Lo mismo acontece con el laicismo. Hay uso político del catolicismo y devaluación del laicismo Pero sabemos que Estado que antepone creencias religiosas acaba destruyendo al pluralismo y la convivencia social; pues entonces favorecen una visión dogmática y no la razón. El laicismo diferenció entre convicciones religiosas y responsabilidades públicas que debe asumir un Estado para todos; significó el derecho a la convivencia y permitió la integración de todos. Es contradictorio que esta afirmación neoconservadora del pasado se haga en nombre de la igualdad y de las libertades cuando se alimenta lo que las acaba en nombre de la fe.

Que los neoconservadores no acepten más los consensos sociales de fines del XIX y del XX puede resultar comprensible, lo es menos que la gente que no reivindica el pasado siga el mismo camino. Las izquierdas latinoamericanas callan ante gobernantes que hacen del catolicismo no una práctica personal sino política. Revela la ausencia de visión de sociedad de una izquierda que sigue presa de la dicotomía ricos y pobres, nacionalismo e imperialismo lo que la vuelve primaria, fácil presa de los populismos, proclive a un neoconservadurismo.