23 de January de 2014 00:02

Kurtz en Wall Street

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Si uno mira ligeramente el destino de Jordan Belfort, 51 años, especulador en el que se basa la película de Martin Scorsese, 'El lobo de Wall Street', reconoce al timador que seducía a sus clientes para que invirtieran en empresas chatarra.

Pero si uno acerca más el lente es como leer un capítulo de 'El corazón de las tinieblas', esa magnífica novela de Joseph Conrad.

Jordan Belfort nació a principios de los años sesenta, en una familia de contadores que vivía en Nueva York, era bueno para vender cualquier cosa.

Belfort aprendió una de las primeras lecciones importantes de su vida el 19 de octubre de 1987, cuando los mercados de valores de todo el mundo colapsaron. Ese lunes negro que arrancó en Hong Kong hizo estallar por los aires la empresa donde trabajaba este pichón de aventurero: Rostchild, compañía conocida por ser emblema del "viejo dinero''.

Operaban con empresas pequeñas, que no tenían futuro o que nadie las podía ver. Y allí Belfort les dio una clase magistral: hacer pequeñas fortunas a partir de centavos.

De este trampolín saltó a una empresa propia, Stratton-Oakmont, una firma de operadores bursátiles. Así nació su leyenda. Entrenó a sus empleados para que no tuvieran compasión. Debían ser sanguinarios.

Llegó rápidamente a la cúspide. La revista Forbes lo celebró como un yuppie modelo de Nueva York. Lo llamaron el Robin Hood de Wall Street: les robaba a los ricos para dárselo a sus amigos y a brokers sanguinarios.

No era del todo verdad. Los inversores a los que convenció para que se metieran en negocios peligrosos terminaron en la ruina. Belfort sabía seducir a los clientes para que invirtieran en compañías sin futuro. Podía ganar 50 millones de dólares anuales y en un día claro hasta 23 millones. En su oficina un orangután repartía las cartas. El dinero fácil puede parecerse a un abismo. Belfort cayó en una espiral de excesos: drogas, alcohol, prostitutas… Sus fiestas eran pantagruélicas y muchas veces ocurrían en los mismos salones donde se hacían negocios riesgosos. Nada excita más que el peligro. Belfort poseía gustos extraños. Le encantaba pilotear y aterrizar su helicóptero drogado y borracho. Quizás la mayor excentricidad fue hundir en el Mediterráneo un yate -que fue de Coco Chanel.

En 1988 Belfort cayó preso. El FBI lo acusó de fraude contra el seguro y lavado de dinero. Pero era demasiado hábil. Delató a sus amigos y entró en una cárcel de lujo donde comenzó a leer 'La hoguera de las vanidades'. De ahí sacó la idea de contar su historia. Ya lleva dos libros ('El lobo de Wall Street' y 'Atrapando al lobo de Wall Street'). Y vendió su historia a Hollywood.

El dilema que pone en juego Conrad en El corazón de las tinieblas ocurre con Wall Street. Desde cierta perspectiva, Belfort se convirtió en lo que la máquina de producir dinero inescrupulosamente, que es Wall Street, quiso que fuera. Un ser despreciable que puede vender a su madre por unos centavos. Cuando lo hizo muy bien, lo metieron preso. No es fácil.

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