Manuel Terán

Juventud

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24 de April de 2013 00:02

En su último libro de ensayos "La Lechuza y el Caracol", Tomás Abraham, filósofo y articulista argentino, inquiere sobre la juventud de su país. Realiza una pregunta que calza exactamente para nuestra realidad. ¿Cuáles son las experiencias que han vivido los muchachos ecuatorianos nacidos a partir del año 1990? ¿Qué es lo que han presenciado en su país? Si tratamos de política, esos niños allá en la última década del siglo pasado, cuando empezaban a tener uso de razón, veían un país fragmentado. Un populista ungido como Presidente era sacado del poder por incapacidad mental para gobernar.

Años más tarde, luego de una luna de miel tras la firma del tratado de paz con el Perú, en la mayor crisis política y financiera de la historia nacional, otro Presidente abandonaba el poder en medio de una revuelta que puso fin a su mandato. Posteriormente el coronel que había liderado el alzamiento se hizo del poder, para tiempo más tarde correr la misma suerte y salir apresuradamente del Palacio de Gobierno. Esos votantes actuales, durante sus etapas formativas presenciaron como algo normal asonadas y escándalos. Crecieron en el desorden institucional, soportaron la crisis y no tuvieron la oportunidad de evaluar lo que debe ser realmente una democracia.

Pasado el tiempo, con la agenda que construyó la crisis, un nuevo grupo accedió al poder y logró la hegemonía absoluta. Le ayudó que la gran mayoría de ecuatorianos que estaban hastiados. Pero principalmente brotó una bonanza inesperada proveniente de la venta de activos irremplazables, que ha permitido a través del gasto realizar una gestión que es vista, al momento, por gran parte de ecuatorianos como positiva. Así lo dicen los resultados electorales.

Las deficiencias imputadas al Gobierno por la pretensión inequívoca de imponer su estilo y modelo, no ha podido ser contrastada por esa parte de la población que un número muy importante se ha incorporado recientemente al padrón electoral, porque simplemente en las dos décadas anteriores lo que predominaba era el vacío. Es distinto para los mayores que tuvieron la oportunidad de vivir el retorno a la democracia, la pelea por retornar a la institucionalidad, que vieron en escena a varios políticos con formación mucho más sólida que la que se advierte en la mayor parte de los protagonistas actuales.

No ha habido tiempo de construir democracia, diálogos, consensos. Se han encandilado por el bienestar pasajero y con la satisfacción de las necesidades inmediatas. Esa es la cuenta pendiente en la que todos, Gobierno y ciudadanos, deberíamos empeñarnos: construir un país incluyente en el que quepan todos, así no piensen igual. A esos jóvenes les espera esa tarea. Deben tener como norte que las sociedades que progresan son las que resuelven civilizadamente sus disensos a través de instituciones sólidas e independientes.