Monseñor Julio Parrilla

La persona, en el centro

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Cuando se dan procesos electorales, oyendo a los diversos candidatos, surge la pregunta: Pero, ¿hacia dónde vamos? Parece que en este momento priman las personas, las etiquetas y los pactos antes que la definición de planteamientos y programas que nos permitan conocer o intuir el futuro, salvo que la cosa sea más de lo mismo… O lo que se intente sea, simple y llanamente, restaurar modelos neoliberales. Tan fuertes desequilibrios entre ricos y pobres, hace que las palabras se las lleve el viento…

Y dado que el tema económico ocupa nuestras preocupaciones, conviene decir que lo que debe estar en el centro es la persona. Hasta el momento, no pocos paradigmas económicos se han vuelto claramente ineficaces. No basta con cacarear el famoso y recurrente cambio de la matriz energética; hay que explicitar qué significa y ubicarlo en el contexto de planteamientos más amplios, especialmente éticos. Tampoco es suficiente con decir que el libre mercado puro y duro es la garantía del progreso. Ahí la ética es igual de necesaria.

Lo que sí necesitamos, como agua de mayo, es una nueva economía que ponga en el centro al hombre, a cada persona en concreto, a la familia, al bien común como principio inspirador del actuar social y a la solidaridad, sin la cual el progreso se convierte en un cuento chino… Es preciso encontrar el papel de cada agente económico.

Necesitamos administraciones públicas que sirvan a todos (y muy especialmente a los más necesitados), que redistribuyan la riqueza, corrijan la inequidad y ofrezcan oportunidades a los más pobres.

Necesitamos empresas e instituciones financieras que canalicen el ahorro hacia la inversión y el crédito, a fin de mejorar las condiciones de vida de todos. Una economía financiera autorreferencial, pendiente sólo de sí misma, sin sentido social y solidario, tampoco es garantía de progreso.

Necesitamos un tejido empresarial que genere valor añadido y ofrezca una justa distribución de la riqueza. Necesitamos reconocer el valor de aquellos que invierten sus recursos en la creación de empresas y de empleo.

Y necesitamos una legislación social que proteja a los trabajadores garantizándoles un trabajo adecuado, un salario digno, una jornada de trabajo compatible con la vida personal y familiar, con equidad en el acceso al trabajo entre hombres y mujeres. Y algo más: Necesitamos dotarnos de organizaciones no lucrativas que contribuyan al bien social en favor de los más pobres de forma subsidiaria. El Estado no puede ni debe hacerlo todo.

Las elecciones deberían de marcar una oportunidad para apostar por una economía integradora que afronte grandes y graves desafíos, no tanto desde un punto de vista meramente economicista, sino desde una perspectiva ética que nos permita crecer juntos, construyendo una sociedad más justa y libre.