Monseñor Julio Parrilla

Los divorciados

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Son legión. Y, más allá del número, es necesario comprenderlos, acogerlos y acompañarlos. Lo digo, movido y removido por las conclusiones del Sínodo de la Familia. Más allá del tema de la comunión sacramental, es evidente el nuevo tono que la Iglesia quiere dar a un tema que, hoy por hoy, afecta a miles y miles de católicos.

Cuando una pareja se separa puede hacerlo de múltiples formas. Tal vez uno de ellos (o los dos) hayan encontrado un nuevo amor… En tal caso, mirar hacia atrás se hace costoso e irrelevante. Lo que importa es el futuro, excitante y lleno de promesas.

Si la pareja es “civilizada”, más allá de la melancolía y del pequeño caudal de lágrimas, las cosas fluyen más o menos bien, hay espacio para el diálogo, el pacto e, incluso, el perdón. La cosa se complica cuando las emociones se atragantan, los intereses se imponen y el odio o el resentimiento, poco a poco, va dominando el corazón. En este caso, la factura del divorcio la pagan entre todos, incluidos los hijos, a los que toca contemplar, siendo los padres imprudentes, los testarazos que se dan los dos carneros, empeñados en demostrar cuál es el más lerdo, duro e intransigente.

Como quiera que la vida nos enseña a todos (también a los curas), conviene mirar hacia atrás y hacia delante antes de emitir un juicio. Hacia atrás, porque la experiencia nos tiene que enseñar a valorar nuestros propios errores y, sobre todo, a darnos cuenta de que es preciso cuidar lo que se ama. Amar no es fácil. Si lo fuera, a todos nos hubiera ido mejor en la vida… De aquí la necesidad de cuidar e integrar perfiles tan distintos de personas, historias tan diferentes… Hacia delante, porque, consumada la ruptura, hay que hacer de la quiebra una nueva oportunidad, curar las heridas y salvar a las personas.

La fe, esta experiencia fantástica de saberse amado y redimido por un Dios de misericordia, ilumina los recovecos de un proceso que no siempre es evidente y fácil. Para los cristianos hay exigencias ineludibles; para todos, referencias éticas que no se pueden obviar. Si amarse y comprometerse juntos supuso poner en juego lo mejor de nosotros mismos, divorciarse también debería de suponer el sacar de dentro a fuera nuestras mejores convicciones y actitudes.

El Sínodo ubica a los divorciados en un contexto propositivo. Sabe que lo importante son las personas y que la llama del amor de Dios nunca se apaga y siempre permanece viva en los rescoldos de nuestros humanos amores. Pero, en cualquier caso, antes o después, siempre tendremos que afrontar las propias decisiones y experiencias con mayor amor, honestidad y transparencia.

En este tema hay demasiadas aristas y no conviene simplificar. Hoy, la Iglesia reivindica su papel de madre. Ojalá que encuentre caminos de justicia y de misericordia que den paz a cuantos, honestamente, se sienten hijos, miembros de la misma familia y de la misma casa.