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Cuando yo era niño recitábamos la “oración a San José para pedir una buena muerte”… Mi tía Tálida era experta en estas cosas del buen vivir y del buen morir y dirigía la oración con aire profesional. Ahora, aunque recemos menos, lo cierto es que, en la intimidad de la conciencia personal, todos en algún momento nos preguntamos “¿qué será de nosotros?”, “¿moriremos como perros callejeros, abandonados a nuestra suerte, o alguien sostendrá nuestra mano y nuestra esperanza?”.

Allá, a finales del siglo XIV, la Peste Negra (semejante devastación merece ser escrita con mayúsculas) se llevó por delante a casi dos tercios de la población mundial. Poco después, en 1415, la Iglesia publicó el “Ars Moriendi”, un manual con consejos memorables para morir bien. Se trató de un ‘best seller’, traducido a numerosas lenguas. La preocupación pastoral de la Iglesia eran los enfermos, sus familias, la sociedad presa del dolor y de la desesperanza,… Se trataba de poner un poco de luz en medio de la oscuridad, un poco de piedad y, sobre todo, de confianza en Dios.

Hoy, la medicina ha alargado la vida y diferido la cuestión de la muerte. Entretenidos como estamos, inmersos hasta el cuello en la sociedad de consumo, siempre dispuestos a comprar el paraíso en cualquier agencia de viajes, nos olvidamos fácilmente de que, como el más vulgar de los yogures, también nosotros tenemos fecha de caducidad. Nos guste o no, la muerte está ahí, siempre al acecho. Podemos eliminar su idea, pero no el hecho de morir, que hoy se ha convertido, para la gran mayoría de los mortales, en una experiencia clandestina. El escenario es siempre el mismo: hospital, terapia intensiva, respirador, velatorio y cementerio. Y, en muchos casos, una inmensa soledad.

También la muerte hay que prepararla. Y eso es algo que hay que hacer y madurar de la mano de los otros. Sin parientes, sin amigos, sin experiencia religiosa, sin paz en el corazón y en la conciencia, ajenos a una experiencia vital liberadora, todo se vuelve estéril, tanto el vivir, cuanto el morir. Y es que, si vivir es un arte, también lo es el morir. Me refiero no solo a la muerte propia, sino a la de la persona amada que necesita ser acompañada, sostenida y amada hasta el final. Pensar estas cosas, compartirlas y rezarlas, no es tiempo perdido, reservado solo a filósofos y poetas. El común de la gente vive (vivimos todos) este desgarro, más allá de la ilusión de que solo se mueren los otros…

Cuando, por razones pastorales, acompaño a los enfermos en los hospitales o en las casas, me doy cuenta de que ejerzo una de las tareas más nobles y humanas que el hombre puede realizar. La intensidad de la muerte y del dolor, el desconcierto que crea, la indefensión que produce en la conciencia de muchos, la dificultad de encontrar la palabra adecuada y de expresar la ternura y la confianza en Dios, en nada opacan este esfuerzo por ayudar a buen morir. Quizá descubramos, a golpe de experiencia, un poco de luz al final del túnel.