Juan Valdano

Cervantes: las letras y las armas

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En este año 2015 y en el que llega, cervantinos por partida doble, siempre será pertinente volver a las páginas del Quijote. Uno de los capítulos de la novela que frecuentemente se citan es aquel en el que el personaje discurre acerca de las armas y las letras, dos oficios en los que Cervantes puso su coraje y su constancia. Don Quijote se muestra allí más locuaz que de costumbre. Con su labia llega a encandilar a un rústico auditorio de aldeanos que, abobado, lo escucha disertar sobre las glorias y miserias que les toca cosechar a soldados y a escritores. En la alocución, es el soldado quien sale mejor parado que el letrado, pues “con las armas se defienden las repúblicas y conservan los reinos”. Lo que no ocurre con las letras, ya que “estas no se pueden sustentar sin aquellas”. Nada de ello debería extrañarnos en Miguel de Cervantes quien, antes que un hombre de letras (al que la fama le fue esquiva), se consideró primero y ante todo un soldado que a mucha honra tuvo siempre esas viejas cicatrices que marcaron su cuerpo y su vida cuando combatió en Lepanto.

Ser militar en la España de los Austrias era más importante que ser letrado o escritor. Las armas acarreaban honor, gloria, fortuna. Tenían belleza, estrépito, aparato y resonancia. Oro y nobleza se alcanzaban por la fuerza de la espada. Tal era el sueño de todo audaz aventurero que ceñía espada y estaba presto a pasar a América o embarcarse para Flandes. Las letras nada de eso ofrecían, a no ser el aplauso pasajero que podía alcanzar un dramaturgo como Lope de Vega durante una tarde de verano, en un corral de comedias. El escritor era, por lo general, un oscuro personaje que deambulaba a la sombra de monasterios y palacios.

Hacia 1588, cuando Felipe II organizaba la Armada Invencible para invadir Inglaterra, Miguel de Cervantes era un hidalgo que frisaba los cuarenta sin ocupación fija y muchas bocas por alimentar. Peticionario con cartas recomendatorias al bolsillo que, a la postre, de nada le sirvieron. Escritor sin fortuna que si no estaba en prisión por asuntos de cobro de tributos, gestionaba empleos menores como el de proveedor de granos, aceites y salazones para la dicha Armada. De abastos y gastronomía debió ser entendido don Miguel, pues buena cuenta de todo ello la dio en las páginas de su novela.

En cambio, por aquellos mismos días, en Francia, Miguel de Montaigne era un escritor que exhibía una posición social privilegiada: alcalde de Burdeos, propietario de tierras, señor de torres y atalayas. Desde su biblioteca, el señor de Montaigne era un hombre influyente y respetado por católicos y hugonotes. Enrique III lo distinguió en la corte; Enrique IV de Navarra, el primer Borbón en el trono de Francia, buscó siempre su consejo.

Por contraste, ser escritor en la España de los Austrias era duro oficio de galeote. Gris destino que para nada cambió en la época de Mariano José de Larra quien, por 1830, exclamaba: escribir en España es llorar, morir.