Juan Valdano

‘Me abstengo’

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Tal fue la divisa de Michel de Montaigne frente a las enconadas disputas que dividían a católicos y protestantes en una época en la que Francia ardía en hogueras de odio, venganza y fanatismo.

La segunda mitad del siglo XVI fue para el reino de Francia una era confusa, desgarrada por luchas religiosas. La historia recuerda la trágica “Noche de san Bartolomé” (1572) en la que miles de protestantes fueron masacrados por las huestes católicas de la monarquía Valois. ¿Qué hacer ante ese río de sangre, ante la intolerancia de partidos en pugna? Condenar la barbarie. Execrarla. No implicarse con ningún bando. Abstenerse.

Católicos por un lado, hugonotes por otro desearon ganar para sí la adhesión de un prestigioso hombre de letras; pero Montaigne, para decepción de todos, enarboló su “me abstengo” con lo cual dio una lección de independencia de criterio, de señorío y dignidad al demostrar que su libertad no era endosable a dogma ni poder alguno. Solo al final de ese siglo (1598) se puso fin a las guerras de religión con la promulgación del Edicto de Nantes, documento en el que se reconoció la libertad de cultos en un ámbito de tolerancia, preludio de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre (1789) y anuncio de las libertades democráticas modernas.

En el siglo XIX, Marx instauró un proceso contra las libertades individuales obtenidas a partir del Edicto de Nantes. Las criticó acusándolas de formales y burguesas. En el siglo XX, otros filósofos (Weber, Popper, Cassirer, Aron), al continuar con ese impulso irrenunciable del ser humano por alcanzar mayores niveles de libertad, enarbolaron la crítica a la crítica de Marx. Los pueblos oprimidos se alzaron contra el dogma marxista, el poder totalitario y el Estado policía.

Es una lástima comprobar hoy que hombres de talento extravían su criterio al dejarse llevar por las simpatías o antipatías que les dictan los cenáculos políticos a los que son cercanos, hegemonías que obedecen y a las que temen discrepar. ¿No es esto fascismo? Pocos son los que juzgan su circunstancia con cabeza propia, fuera de la sombra de una ideología dominante y tergiversadora.

Con evidente pérdida de la memoria histórica no faltan demagogos que ofrecen refundar la república, para lo cual se proponen resucitar proyectos fracasados, emprender en revoluciones que se quedaron en el camino. En cada época hay una visión del mundo; si el mundo cambia, también cambia la comprensión que tenemos de las cosas. Una forma de sensatez es sincronizar con el tiempo que vivimos. Solo el dogmático obra a contracorriente de la realidad.

Cuando el dogma es el que impera y la excomunión la que amenaza exhibir un pensamiento autónomo es poner la balanza en equilibrio. El abstenerse, aquel pirrónico ejemplo de Montaigne, significará siempre el triunfo de una conciencia libre frente a la arremetida sectaria.