Juan Valdano

Los políticos que olvidan la ética

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Nos ha tocado ser testigos de escenas deplorables en las que los actores son descollantes figuras de la política nacional. Gracias al oportuno e indiscreto uso de la tecnología, la corrupción que andaba escondida bajo las mesas ha sido revelada y puesta sobre el tablero para conocimiento de todos y escarnio de sus autores. Aquello que ayer se dijo o se hizo en privado para perjudicar al Estado o a terceros, aquella transgresión que se tramó a resguardo y en secreto ha pasado a ser, gracias a un micrófono oculto, un tristísimo espectáculo que los medios difunden y en el que políticos conocidos y supuestamente honorables, muestran su verdadero rostro, su carencia de moral.

Lejos de la destellante luz de la farsa politiquera, estos “caballeros” exhiben su petulancia, su condición de capos de la política, su talante presumido, su lenguaje salpicado de carajos. Cada quien busca mostrarse más gárrulo, indignado, bravucón. Y como ocurre entre mafiosos, la desconfianza entre ellos es evidente; solo así se explica que salgan a la luz audios y videos que presumiblemente no tienen otro fin que el chantaje. Lo que se ve y se escucha en esas grabaciones ofende a la sociedad porque aquello que se negocia y trafica es asunto de interés público y quienes lo hacen ostentan los más altos cargos de este país, personas a quienes los ciudadanos escogieron para entregarles una dignidad que, por lo visto, no merecen. Su censurable actuación los hace indignos del cargo.
No basta con pregonar la ética pública, lo hacen todos los gobiernos, aun los más corruptos. Y si, en la práctica, es difícil impedir que lleguen indeseables al aparato burocrático de un Estado, los jefes de gobierno y sus más cercanos colaboradores deben ser personas de integridad ética, en lo privado y en lo público. La ética y la transparencia en las decisiones garantizan la credibilidad de un gobierno. Los corruptos deben ser extirpados de la política como se extirpa el cáncer. Los valores éticos asumidos por los administradores del Estado deben traducirse en honradez, diligencia y servicio a la comunidad. Eso es lo que Weber llamaba la “ética de la responsabilidad”.

Si la deshonestidad cunde en la política ecuatoriana es porque la corrupción se ha convertido en norma; porque hay la aberrante idea de que la política y la ética son incompatibles. Entre las manifestaciones más corrompidas de la política están los gobiernos populistas y más si se dicen de izquierda, como el chavismo por ejemplo. Probablemente no ha existido mayor corrupción en este país como la que entronizó Correa. La descomposición moral auspiciada por su gobierno no fue un hecho aislado. Su populismo izquierdista y farandulero administró el engaño y la mentira como droga para mantener ilusionado al pueblo. Quienes hoy nos escandalizan fueron sus pupilos.